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El infierno es un lugar aterrador

Puedo recordar la experiencia como si hubiera ocurrido ayer.  Era una noche en el invierno de 1961, en que la temperatura estaba bajo el punto de congelación, y yo tenía catorce años.  Un gran número de personas se habían reunido para escuchar a un evangelista importante  hablar sobre el cielo y el infierno.  Permítanme contarles cómo esta reunión impactó mi vida.

Fui a la “Cruzada” porque mi Madre me dijo que tenía que ir. Aunque asistía regularmente a la iglesia, esta reunión fue diferente.  Durante toda la noche, el evangelista estuvo caminando de un lado a otro en la plataforma, gritando al máximo de su voz. Al final de la reunión, preguntó quién quería ir al cielo. Como todos estaban “con las cabezas inclinadas y los ojos cerrados”, yo levanté mi mano. Por supuesto, no quería ir al infierno.  ¿Quién querría?

Entonces el evangelista dijo algo que me sorprendió. Declaró, que esos que habían levantado sus manos se pusieran de pie y caminaran hacia el frente de la sala.  Y clamando a gran voz afirmó: “Si van a seguir a Jesús, deben confesarlo públicamente.  Levántense de sus sillas, caminen al frente de este auditorio, y sean salvos”.

Tal parecía que mi corazón iba dejar de latir.  “¿Está hablando de mí? ¿Cómo podría hacer eso? Aquí hay gente que me conoce.  ¡Pensarán que estoy completamente loco!”.   Estos y otros pensamientos llegaron a mi mente. El evangelista hizo dos llamados más, cada vez sus palabras eran más intimidantes.  Sin embargo yo seguía sentado en mi silla, con los pies pegados al suelo.

Fue en ese momento que ocurrió algo dramático. Una anciana sentada detrás de mí, me dio un golpecito en el hombro y me susurró con voz ronca en el oído: “Hijito, vi como levantabas la mano.  Dios quiere que vayas al frente y seas salvo.  No quieres quemarte en el infierno ¿verdad?”.

Yo ya me encontraba en un estado de trauma. Ahora estaba con un ataque de desesperación.  Los sentimientos de ira se habían apoderado de mí.  Me sentía como si me hubieran engañado y manipulado.  De repente salté de mi silla, corrí hacia la parte trasera del auditorio, forcé la puerta, la abrí y corrí sin parar dos kilómetros hasta llegar a la casa.

Incluso ahora, al revivir esta experiencia, las mismas emociones vuelven a aparecer en mi mente. Después de regresar a casa corriendo, huyendo de la plegaria del evangelista por seguir a Cristo, seguí huyendo, no del evangelista, sino de Dios. Corrí por otros dieciséis años. No fue hasta los treinta años de edad que me di cuenta de que había cometido un grave error.

Aunque la ancianita en el auditorio de la escuela secundaria pudo haberse equivocado en la forma como me retó, más tarde en la vida descubrí, que lo que ella y el evangelista habían dicho era cierto.  Aunque no tengo nada en contra de los evangelistas, mi creencia personal es que cada creyente debe ser un evangelista y compartir su fe con los demás, uno por uno.  Eso es lo que se llama testificar.  ¿Lo ha probado usted alguna vez?

“Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo” (1 Juan 5:11).
Soy Roger Oakland.  Ésta ha sido una perspectiva bíblica para ayudarle a Entender los Tiempos.

(Traducción: Judith A. DeRojas)

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