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¿Era cristiano Karol Wojtyla?

El autor de Babilonia, Misterio Religioso dice en su libro: «Una indicación adicional de que la adoración a María surgió de la idolatría de la diosa madre, puede verse por los títulos con que era conocida la diosa babilónica.

En una forma divinizada, Nimrod llegó a ser conocido como Baal. El título de su esposa, la divinidad femenina, era el equivalente a Baalti. En español esta palabra significa ‘Nuestra Señora’, en latín ‘Mea Domina’ y en Italia se corrompió para convertirse en el bien conocido nombre de ‘Madona’».

Pero... ¿Qué dice la prensa y qué dicen los comentaristas, incluso los especializados en religiones acerca de Karol Wojtyla? El tener rostro de “bonachón” no le hace a uno bueno. En realidad es fácil fingir bondad, humildad, tolerancia e impresionar a cuantos pueda. Además, los cristianos no lo son a menos que sean veraces y acepten la Biblia como la única autoridad divina.

Uno de los títulos bajo el cual era conocida la diosa por los israelitas, era el de ‘Reina del Cielo’, como leemos en Jeremías 44:17-19. El profeta Jeremías los reprendió por venerarla... En Éfeso, la gran madre era conocida como Diana. ¡El templo dedicado a ella en esa ciudad era una de las siete maravillas del mundo antiguo! Y la diosa era adorada no sólo en Éfeso, sino a través de toda Asia y el mundo entero (Hch. 19:27). En Egipto, la madre era conocida como Isis y su hijo como Horus... Esta falsa adoración, habiéndose propagado desde Babilonia a varias naciones, con diferentes nombres y formas, finalmente llegó a ser establecida en Roma y a través de todo el Imperio Romano».

Es necesario hacer notar también que muchos de los ídolos de Diana hechos por los fabricantes de ídolos de Éfeso, tenían una réplica de la torre de Babel en la parte superior de la cabeza, reconociendo con esto la religión falsa de Babilonia, y que la diosa de hecho era la esposa de Nimrod. Es posible saber que la adoración de esta pseudo diosa y de su hijo en todas las naciones se remonta a Babel y a la incorporación del engaño satánico en la religión misteriosa de Babilonia.

Isaías una y otra vez amonestó a Israel por adorar a los dioses y diosas de Babilonia, señalando entonces el nacimiento del verdadero Salvador de Dios: “Dijo entonces Isaías: Oíd ahora, casa de David. ¿Os es poco el ser molestos a los hombres, sino que también lo seáis a mi Dios? Por tanto, el Señor mismo os dará señal: He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Is. 7:13, 14).

En el cumplimiento del tiempo una virgen de nombre María concibió un hijo del Espíritu Santo. Ciertamente María era una virgen, especialmente escogida por el Señor de acuerdo al tiempo, circunstancias y herencia, para dar a luz al Salvador en un mundo de pecadores. Ella es llamada bienaventurada por todos los que reciben al Señor Jesucristo como su Señor y salvador, pero no hay una sola Escritura en toda la Biblia que implique siquiera que su nacimiento fue de origen divino, estuvo exenta de pecado, fue arrebatada al cielo en cuerpo y alma o que los cristianos tienen que orarle y adorarla.

Ninguno de los apóstoles o discípulos la adoraron o le oraron para que intercediera ante Dios por ellos. No hay una sola palabra en los registros de la iglesia primitiva que indique que María era adorada o considerada algo más que la madre de Jesús: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo” (1 Ti. 2:5).

La Enciclopedia Británica declara que en las iglesias cristianas de los primeros siglos, nunca se enfatizó la adoración a María. Y dice así la Enciclopedia Católica: «La adoración a Nuestra Señora Bendita en su análisis final debe ser considerada como una aplicación práctica de la doctrina de la Comunión de los Santos. Viendo que esta doctrina no está contenida, al menos explícitamente, en el antiguo Credo de los Apóstoles, no hay quizá base para sorpresa si no encontramos ningún rastro claro del culto a la Virgen en los primeros siglos del cristianismo».

El culto a María vino a convertirse en una parte importante de la doctrina de la iglesia, cuando el emperador Constantino hizo del cristianismo la religión del Imperio Romano. Como la religión de Babilonia se había propagado a todo el mundo, fue más fácil para el mundo pagano profesarle lealtad a la iglesia del estado, así las principales creencias en las tradiciones de Nimrod fueron incorporadas en la adoración. En el año 431 de la era cristiana y durante el Concilio de Éfeso la adoración a María tal como se practica hoy, fue adoptada como una doctrina oficial de la iglesia.

Si realmente él hubiera sido cristiano, tendríamos su experiencia de conversión. Él mismo habría dejado por escrito o verbalmente cómo oyó el evangelio y cómo creyó en Cristo y así, por su gracia, fue eternamente salvo: “Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús” (Hch. 4:11-13).

Estas palabras fueron dichas por Juan y Pedro cuando las autoridades eclesiásticas de sus días trataron de prohibirles que siguieran predicando a Jesucristo. Karol nunca presentó un mensaje semejante. También, fue Pedro quien dijo lo que hoy leemos en Hechos 2, que en parte dice: “Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Y con otras muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de esta perversa generación. Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas. Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hch. 2:38-42). Aquí no dice: «Así que los que recibieron la hostia, su amor por María aumentó grandemente». Lo que dice es que “los que recibieron su palabra”, la palabra de Cristo Jesús quien fue el centro del sermón de Pedro.

Cuando un pecador arrepentido recibe por la fe a Jesucristo y si luego decide dedicarse a la causa del evangelio, siempre hablará de Cristo, del perdón que el pecador puede obtener creyendo en él, de la vida nueva y separada de la mundanalidad que vive el cristiano que ama a su Salvador. Pero muy especialmente, el hombre de Dios que merece admiración, es aquel que como predicador, no habla de otro nombre alguno, sino de Jesucristo y él sólo, porque “no hay otro nombre dado a los hombres en que podamos ser salvos”. Nadie se salva por medio de las buenas obras, por medio de María, algún santo por allí, o por medio del bautismo. Jesús fue claro cuando dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6).

Karol lo habría puesto bien en claro a todas esas multitudes que se congregaban para escucharlo. Les habría hablado de la necesidad del arrepentimiento, ya que tenía la habilidad de hacerlo bastante bien en varios idiomas. Les habría hablado en contra de la idolatría, de las imágenes, del endiosamiento de algún otro hombre o alguna mujer, aparte del único y verdadero Dios que vino al mundo en la persona de Cristo. Jamás Karol habló así a los pecadores que trataban de oír algo de él. Es que... nadie puede dar lo que no tiene. Él despreció al Salvador que pretendía representar, igual como lo hizo Esaú con la primogenitura. Muy tarde se habrá dado cuenta de ello y seguramente deseaba corregir, pero, tal como ocurrió con Esaú, habrá sucedido lo mismo con el personaje que nos ocupa: “Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados; no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura. Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas” (He. 12:15-17).

¡Qué escena más triste la que nos pinta el Escritor Sagrado de la persona de Esaú! Esperamos que aquí no se trate de la pérdida de la salvación, sino de las ventajas de la primogenitura. Pero al aplicarlo al desprecio de la salvación, a cambio de un plato de fama, autoendiosamiento, jerarquía, autoridad sobre los reyes de la tierra, dice la Escritura: “Con la cual han fornicado los reyes de la tierra, y los moradores de la tierra se han embriagado con el vino de su fornicación... Me dijo también: Las aguas que has visto donde la ramera se sienta, son pueblos, muchedumbres, naciones y lenguas” (Ap. 17:2, 15).

Esaú no pudo resistir el plato de lentejas, aunque su primogenitura valía más que eso. El “plato de lentejas” de grandeza, popularidad, pretensiones vicarias, pretensiones jesucrísticas, jerarquía “máximus”, no es fácil rechazar. Uno debe ser una persona salva, regenerada por el poder de Dios, guiada por el Espíritu Santo, sometida a su Salvador, libre de toda idolatría y absolutamente fiel a la Biblia, con sus 66 libros inspirados por el Espíritu Santo. Pero, mi amigo, esto es para un hombre transformado por el poder de Dios, hecho hijo de Dios mediante un nuevo nacimiento. Una persona verdaderamente humilde es primeramente una persona cambiada por el Espíritu Santo. De no ser así, es una falsificación de la humildad.

Es posible encumbrar al máximo a cualquiera, usando los medios de comunicación que tenemos hoy. Pero nosotros, como cristianos, debemos tener nuestra vista fija en Él, no en los hombres. Estos son mortales, vienen y se van. Adoptan nombres de “su santidad” que corresponde sólo al Señor. El nombre Vicario de Cristo le corresponde únicamente al Espíritu Santo y a nadie más. La tentación de la serpiente cuando se entrevistó con Eva era “seréis como Dios”. Uno no es necesariamente lo que los hombres dicen, así sea la prensa secular o la llamada religiosa. Uno es lo que la Biblia dice que es. Y es bueno que sepa muy bien, que la Biblia nos da a todos el mismo apellido, aunque se trate de un “súper-Papa”. Todos nos apellidamos Pecadores.

¿Cómo uno llega a ser cristiano yqué es lo que cree?

• En primer lugar, oye la Palabra de Dios (o la lee): “Así que la fe es por el oir, y el oir, por la palabra de Dios” (Ro. 10:17).

• Recibe a Cristo Jesús, por la fe, como su salvador personal: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios” (Jn. 1:12)

• Sabe que es salvo por la fe en Cristo, porque el Señor lo dice: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Jn. 5:24).

• Si se dedica a lo espiritual, estará predicando el evangelio cuyo corazón es la salvación por gracia, sin obras: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Ef. 2:8, 9).

• Acepta la Biblia como la única palabra inspirada por el Espíritu de Dios, la Palabra de Dios: “...los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 P. 1:21b).

• Ni el bautismo ni los sacramentos ni las buenas obras ni ninguna otra cosa hace a uno cristiano, sino únicamente la fe del pecador depositada en la persona de Cristo Jesús. Si lo ha hecho, usted es salvo, pero si no se ha arrepentido de sus pecados ni se los ha confesado al Señor, aún está en sus pecados, sin importar cuán alta sea su jerarquía en la orden que milita.

¿Hacia dónde se marchó Karol? Lo que sabemos es que fue a la eternidad que él mismo escogió, si no tomó el único camino que el Salvador trazó, que es Él mismo. Si no entró por la única puerta que es Él, entonces no ha llegado al cielo: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6), pero sí ha llegado al lugar que será su morada eterna.

El hecho que se diga de alguien que dejó dicho que tenía mucha paz y que se sentía tranquilo, de ninguna manera asegura la salvación de la persona. Son muchos los testimonios de los “clínicamente muertos” quienes veían cosas maravillosas mientras se encontraban, según ellos, en ese túnel que los conducía hacia el otro lado. Es probable que Satanás les haga ver tales cosas para que luego, puesto que todavía no les llega la muerte, puedan engañar a otros. También es cierto que quienes están junto al moribundo, colegas o familiares, bien pueden decir cualquier cosa, palabras muy inspiradoras de absoluta paz y seguridad, inventadas por ellos mismos. ¿Cómo podemos estar seguros de lo que dijo el moribundo justo antes de morir, si no lo hemos oído? Mejor es que pongamos nuestra confianza en la Palabra de Dios, donde no hay engaño.

No se ponga bajo maldición confiando en un hombre, por endiosado que sea: “Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová” (Jer. 17:5).

¿Sabe usted que el mismo Karol durante toda su vida estaba seguro que quienes confesamos ser salvos por la fe en Cristo, somos malditos? Ellos usan la palabra anatema que es «maldición».

Los contrastes son tan grandes entre el cristianismo y el romanismo hasta el día de hoy, que las más altas jerarquías católico romanas retienen más de cien pronunciamientos de excomunión sobre esos que tienen creencias evangélicas. Resumiendo algunos de esos anatemas son:

• Contra cualquiera que cree que la salvación es por gracia mediante la fe en Cristo aparte de los sacra­mentos y la Iglesia Católico Romana.

• Contra cualquiera que cree que no tenemos que sufrir por los pecados propios, porque el sufrimiento de Cristo fue más que suficiente.

• El que niega que Cristo es inmolado literalmente y de continuo sobre los altares católicos como un sacrificio por el pecado.

• El que se atreve a cuestionar que Cristo está literalmente presente como carne y sangre en el milagro de la transubstanciación.

• Sobre cualquiera que deposita su fe en un sacrificio consumado una vez y para siempre sobre la cruz.

• Contra el que se atreve a negar que María es corredentora y comediatrix con Cristo.

• Contra cualquiera que dice estar convencido de que es salvo y está seguro del cielo.

Los católico romanos declaran anatemas o excomulgadas a cualquier persona que sostiene una de estas creencias. Las diferencias entre un evangélico y un católico y la comprensión de ambos de la salvación son tan grandes, como la distancia entre el cielo y el infierno. Pero sólo uno de los dos puede estar correcto. Y pretender que son lo mismo porque usan palabras similares mientras ignoran la vasta diferencia en el significado de esas palabras, es involucrarse en un engaño de la peor clase.

Juzgue usted mismo si el romanismo es cristianismo o es más bien babilonismo, paganismo que con urgencia necesitan conocer a Jesucristo si desean ser salvos. Es probable que un hombre impacte al mundo entero con su muerte, pero podemos estar seguros de que esto no es posible con Dios. Él no se conmueve por lo que nosotros decimos o escribimos acerca de sus supuestos grandes logros, su audacia, astucia, valentía, sus muchos escritos y el profundo luto que deja su muerte.

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