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¿Catolicismo romano o romanismo pagano?

Solo a Dios adorarás

Después de todo lo que se haya dicho y hecho, el hombre todavía quedará como un ser incurablemente religioso, dueño de un sentido innato de culto, como un adorador crónico. Abundante es el testimonio en favor de que arde perennemente en su interior el arrollante deseo de elevar su espíritu hacia un SER SUPERIOR quien éste sea.

En su milenario divagar por el laberinto religioso que él mismo se ha labrado, homo sapiens estampa sobre la tierra una bien delineada huella de pagodas, mezquitas, sinagogas, templos, “iglesias”, capillas, ermitas, santuarios, grutas, y todo otro tipo de edificio o lugar dedicado al culto. Su mano de artista, motorizada por su fecunda imaginación, crea las pinturas y esculturas más espectaculares. Su genio se plasma in extenso en expresiones artístico religiosas múltiples. El golpe estético que refleja en su ánimo, el multicolor de sus pinturas o la precisión de formas de sus estatuas, lo mistifica al extremo de llevarlo a arrodillarse ante ellas. Lo hace descender hasta el fondo mismo de lo inapropiado al éste rendir homenaje a sus propias creaciones en vez de a su divino Creador. Su futilidad religiosa degenera sin remedio en la más degradante idolatría.

¡Infeliz homo sapiens! ¡Cuán poco sabe y cuán poco disfruta su más alta aspiración: hablar, amar, adorar al Dios que puso en él el hálito de vida!

Religiosidad febril

La religiosidad es una insacudible fiebre humana. Bien lo ha dicho William Jennings Bryan: «El hombre es un ser religioso; su corazón busca instintivamente a Dios. Sea que adore sobre los bancos del Río Ganges, que ore con su rostro al sol, que se arrodille hacia la Meca o que considere el espacio su templo, el hombre es esencialmente religioso».

Pero las andanadas de adoración que dispara su cañón religioso NO dan siempre en el blanco de lo que supone ser su objetivo supremo: el Dios que habita la eternidad. La vasta mayoría yerra el blanco de quien debe ser su ocupación más elevada y deleitosa. Al errar, el hombre queda sin alternativa excepto la de conformarse con las sobras de una adoración deformada, pervertida y degradada.

La palabra latría significa adoración, culto. Hablamos de idolatría para significar el culto a los ídolos mudos; mariolatría, o culto a María; santolatría, o culto a los santos; egolatría, o culto al yo, es decir, la adoración de uno mismo. A los adoradores de iconos o pinturas religiosas se les llama iconólatras, y a los que las destruyen, iconoclastas.

Señales confusas

Mientras visitaba nuestro hogar una señora amiga, quedó maravillada al mostrarle una imagen tallada en madera de olivo que representa a Moisés con la tabla de la ley en una mano, y un cayado en forma de serpiente en la otra. Esta exquisita obra de arte me la regaló un amigo en Jerusalén. Para nosotros no es más que un souvenir de Tierra Santa y el grato recuerdo de un buen amigo. Mi señora y yo no le adjudicamos valor alguno como objeto de culto. Pero al mirarla, esta dama fue estimulada en su vorágine religiosa. Evidentemente nuestro Moisés le recordó a San Pedro. Nos preguntó si en nuestros viajes por Roma habíamos encontrado estatuillas de este apóstol, pues ella, según dijo, había escarbado toda Roma buscando una sin encontrarla. Dijo que “San Pedro” era el santo patrón de su esposo y que daba “cualquier cosa” por conseguir una estatuilla de éste.

El pequeño incidente con esta señora demuestra que las estatuas e imágenes religiosas, tienen como una... fuerza electromagnética que desencadena el fervor religioso innato en el hombre. Con conocimientos de causa Santo Tomás de Aquino, “doctor angelicus”, y encumbrado teólogo de la iglesia católica, defendía el uso de las imágenes. Argüía que eran «útiles para la instrucción de las masas que no sabían leer» y que «los sentimientos piadosos y religiosos se excitaban más fácilmente por lo que la gente veía que por lo que oía».

Esta teología de la fe “por ver” anda por la vía contraria a la de la fe “por el oír, y el oír, por la palabra de Dios” en que creía San Pablo (Ro. 10:17). La fe “por ver” es sensual, se incita, se alimenta y se sostiene por el sentido de la vista. La fe “por el oír” es espiritual, se origina, se guía y se mantiene con las verdades de la Biblia.

“Dando culto a las criaturas”

El culto a pinturas o esculturas creadas por la calentura religiosa del hombre, la adoración de animales, astros, ríos, montañas, árboles, y espíritus; es una práctica profundamente barrenada en la conciencia de la humanidad, pero nada resulta más abominable a la vista sacrosanta del Dios de toda la tierra. San Pablo hace eco de la evaluación intransigente que hace del hombre idólatra Aquél que habita las alturas. El apóstol verbaliza magistralmente la furia del cielo con estas candentes palabras: “... no tienen excusa. Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles. Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones, de modo que deshonraron entre sí sus propios cuerpos, ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador, el cual es bendito por los siglos. Amén” (Ro. 1:20b-25).

Teniendo como púlpito el inmortal Areópago y encendido de la más fuerte convicción, San Pablo reprendió duramente la idolatría de los atenienses. Ante una buena representación de sus líderes religiosos y de filósofos epicúreos y estoicos San Pablo arengó: “... no debemos pensar que la Divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de imaginación de hombres” (Hch. 17:29).

Por buena razón los salones de culto evangélicos quedan totalmente desprovistos de imágenes y símbolos religiosos y los creyentes evangélicos se abstienen escrupulosamente de usarlos en sus hogares. Por su parte, fiel a su tradición, el catolicismo escucha las voces de sus concilios e incorpora en sus prácticas las decisiones de estos. El concilio de Trento establece: «Las imágenes de Cristo y de la virgen madre de Dios y de los otros santos, deben tenerse y retenerse, especialmente en las iglesias, y dárseles el debido honor y veneración».

No hagáis como las naciones de la tierra

En el libro La fuente, bien escrito y ampliamente documentado, James Michel detalla profusamente el culto pagano e idolátrico en que se involucraban los cananitas. Éste incluía la adoración a Moloc ante quien quemaban niños ritualmente. El libro bíblico de Levítico 18:21 y 20:5 arenga a los israelitas a no “contaminarse” y “prostituirse” con este culto diabólico cuyo centro era el valle de los hijos de Hinom o Tofét, muy cerca de Jerusalén. En las Sagradas Escrituras se siente el vaho mal oliente del desdén y disgusto del Dios vivo y verdadero contra los “que hacían pasar sus hijos por fuego” (2 R. 16:3; 21:6; 23:10). Dios, hastiado de estas groseras formas de idolatría, llegó al punto de aborrecer la raza cananita. Pero que no se presuma por un solo momento que aquello que algunos consideran “más refinada” devoción a los santos, vírgenes y reliquias, sea menos aborrecible a Su sacrosanta sensibilidad. El Señor vela su gloria con celo santo y expresa con vigor su sagrada indisposición a compartirla.

“No te harás imagen”

A fin de prevenir a Israel sobre las prácticas nefandas de las naciones que lo rodeaban, Dios, de manera cortante, legisló mediante el decálogo: “No tendrás dioses ajenos delante de mí” (Ex. 20:3). Su segundo mandamiento no fue menos incisivo: “No te harás imagen, ni ninguna semejanza de lo que esté arriba en el cielo, ni abajo en la tierra, ni en las aguas debajo de la tierra. No te inclinarás a ellas, ni las honrarás; porque yo soy JEHOVA tu Dios, fuerte, celoso...” (Ex. 20:4-5a). Estos primeros dos mandamientos de la ley de Dios fraguan la más inequívoca prohibición que pudiera formularse. Proscriben la creación, tenencia y adoración de imágenes. Curiosamente, en la versión de los diez mandamientos que la iglesia católicorromana propone a sus adherentes, se omite totalmente el segundo mandamiento. Para acomodar numéricamente el decálogo mocho que retiene, ésta divide el décimo mandamiento en dos.

Parecería inverosímil que habiendo los que detestan la adoración de un totem indígena, de la “diosa” Astarté o de Baal, que no se inclinarían ante una estatua de Buda Gautama o ante la foto de Narayana, el Brahma “nacido del loto”, o ante la efigie del Gurú Dev, no tuvieran miramientos para inclinarse, santiguarse, reverenciar y adorar símbolos religiosos como son los “Santos Angeles”, la “Santa Cruz”, la “Santa Virgen” o “San Pedro”. La adoración de imágenes pintadas o de estatuas es una práctica tristemente histórica y definitivamente innegable en el catolicismo romano. Los pintores, escultores, curas y monjes, cincelaron indeleblemente estas falsedades sobre la conciencia virgen de las gentes. Con ello deformaron, arruinaron, afearon, prostituyeron y le robaron el éxtasis y la sublimación que su capacidad de adorar hubiese logrado de habérsele dado oportunidad a la Biblia primero. Esta marca desgraciada quedaría por siempre estampada en la arcilla fresca de sus conciencias y se constituiría en su azarosa compañera de por vida.

¿Los protestantes también?

La situación generada por la introducción de imágenes religiosas al culto romanista es desafortunada por más de una razón. Sus efectos saben trascender las filas de éste y en mayor o menor grado afectan a otros segmentos sociales. Piénsese en los “conversos” del catolicismo por ejemplo. Tanto en Hispanoamérica como en la católica España millones de cristianos protestantes estarían por siempre destinados a resentir y deplorar el monstruo del magullón estético, la trabazón psicológica y la violación de su más profundo ethos (ethos) que las imágenes religiosas le legaron.

Para añadir insulto al daño, los conversos del catolicismo tampoco podrían recobrarse del asombro (por no decir disgusto) ni disimular su desmayo, cuando los propios misioneros protestantes anglosajones vendrían a sus tierras ilustrando sus presentaciones religiosas con imágenes de fieltrograma, diapositivas proyectables y una gamma de otros métodos audiovisuales. Ilustrarían además profusamente sus publicaciones con las mismas falsedades. Tal práctica serviría sólo para confirmar, corroborar, y barrenar más profundamente en la conciencia de las gentes tan equivocadas concepciones de la Deidad. Estarían poniendo limón y lejía en la llaga, haciendo más dolorosa la herida y provocando impensadamente la hostilidad de la ya ofendida conciencia.

Latría, dulía, hiperdulía

Buscando amortiguar la enérgica condenación que hace la Biblia de la idolatría, los exponentes del catolicismo gustan de hablar de latría,dulíaehiperdulía. Con esta descarga semántica procuran establecer una diferencia que realmente no existe entre adoración y veneración. Según va su argumento, «los católicos adoran sólo a Dios y veneran a la virgen, a los santos y a los ángeles».

Tan grandilocuente cortina de humo ciega seguido los ojos o desmaya la determinación de los simples. Pero aquellos que tienen habilidad para penetrar más abajo de la capa de la piel, descubren la falacia en que se basa esta conclusión.

El proceso explicativo de la supuesta diferencia entre adoración y veneración se desenreda escalafonando gradual y descendentemente el concepto de culto. El mismo baja de peldaños más o menos así: (1) «latría (adoración) se ofrece a Dios exclusivamente. (2)dulía (veneración) se le adscribe a los ángeles y a los santos porque son amigos de Dios y partícipes de su excelencia. (3)hiperdulía (veneración) se le rinde a la Virgen María por ser Madre de Dios quien participa de modo especial de la magnificencia de Dios».

Desafortunadamente, del dicho al hecho siempre hay un amplio trecho y la práctica tiene maneras sutiles, a veces groseras, de distanciarse de la teoría. Las masas, por lo general, no están en condiciones de hacer la propuesta diferenciación semántica ya que por lo general carecen de los elementos de juicio y del aparato de discernimiento necesarios para separar elementos y aplicar con propiedad la supuesta diferencia. La prueba ácida del efecto rea de este enredo sobre las masas, la da la manera como adora día a día el católico promedio. Éste, en la mayoría de casos, no habiendo oído siquiera el trilogio a que nos hemos referido o no entendiéndolo en caso de haberlo oído, queda como un barco a la deriva improvisando sus ejercicios religiosos. El producto final y acabado es lo que vemos: un comunicante que hace genuflexión ante las imágenes, que se persigna (santigua) ante ellas, les hace reverencia, se encorva, actualmente se arrodilla, respeta, besa, abraza, les suplica con gran vehemencia, les reza con intensa emoción, les prende velas, les quema incienso, les ofrece flores, misas, velaciones, penitencias, promesas, les acuerda días de “fiesta de guardar” en su calendario, se las cuelga sobre el pecho, y las saca al hombro en procesiones públicas por las calles.

Esto, amigo nuestro, es lo que en efecto practica el comunicante católico muy a pesar de lo que puedan teorizar sus “teólogos” o argumentar sus “divinos” del “magisterium” (Magisterio de la iglesia). Quien esto escribe habla como uno que fue parte de esa decepción por muchos años antes de que la luz de la Palabra de Dios pusiera perspectiva para él este asunto trascendental.

Obispos, vírgenes y milagros

Más grave todavía, el adorante católicorromano le atribuye poderes milagrosos y características divinas a las pinturas o esculturas ante las que se encorva.

Las citas que transcribiremos a continuación prueban hasta la saciedad lo que venimos diciendo. En su libro Donde floreció el naranjo, monseñor Juan F. Pepén, obispo católico dominicano y altagraciano por antonomasia, en la procura de “historificar” lo que él mismo contradictoriamente ya ha llamado la “leyenda” y la “tradición” de la aparición de la virgen de la Altagracia en Higüey, cita a un cronista “remoto” el canónigo Luis Gerónimo Alcocer: «La Imagen miraculosa de Nuestra Señora de la Altagracia está en la villa de Higüey, como treynta leguas desta ciudad de Santo Domingo; son innumerables las misericordias que Dios Nro. Sr. a obrado y cada día obra con los que encomiendan a esta Santa Imagen; consta que la trayeron a esta Ysla dos hidalgos naturales de Placencia en Extremadura, nombrados Alonso y Antonio de Trexo que fueron de los primeros pobladores desta Ysla,... y aviendo experimentado algunos milagros que avía hecho con ellos la pusieron para mayor veneración en la Yglesia parroquial de Higüey ...» Luis Gerónimo de Alcocer escribió en el año 1650 y su documento se archiva en la Biblioteca Nacional de Madrid.

El prelado católico higüeyano cita además las instancias de Don Simón de Bolívar en los días 23 al 26 de agosto de 1569: «... es casa de mucha devoción en esta ysla y muy frequentada de rromerías para el lugar donde está y dizen milagros que a fecho y con la devoción desta casa se ha poblado allí un pueblo y se sustenta con la devoción desta ymagen que sola es la que en esta ysla le tiene que a fecho milagros...»

Sancionada (supuestamente) la habilidad milagrosa de la Altagracia por las arcaicas citas de Alcocer y de Bolívar, el caballo no puede, sino seguir desbocado pues ahora no hay quien lo frene. La caja de pandora se ha abierto y ¿quién le pone la tapa? Con descomunal desacierto teológico monseñor Pepén afirma en la página 43 de Donde floreció el naranjo: «Todo devoto amante de la Virgen, lo es por haber reconocido antes su condición de Madre de Dios, Madre de los hombres y corredentora del género humano». Esta triple afirmación sobre la virgen, simplemente, no puede substanciarse a la luz de la Biblia. Tampoco resiste la prueba ácida del Libro de Dios su creencia de que María es constituida «Medianera Universal y Abogada de todos los hombres». Estos dos últimos oficios son adscritos por el Nuevo Testamento a Jesucristo mismo y sólo a él (1 Ti. 2:5; 1 Jn. 2:1).

Dominicana: ¿nacionalidad o religión?

Una vez empezada la carrera, hay que seguir galopando. En un típico reflejo de cómo reacciona la conciencia religiosa energizada por la santolatría, monseñor Juan F. Pepén llega al colmo de los excesos y a la cúspide de la intolerancia al procurar negarle a los no católicos dominicanos la ciudadanía con que la Providencia misma los ha sellado. El monseñor se estira más todavía y pone en duda la habilidad misma de la República Dominicana para mantenerse soberana. Estas son sus palabras: «Mientras el pueblo dominicano conserve su fe católica será siervo y vasallo de la Virgen. Y mientras lo sea, continuará siendo dominicano. Si por un imposible el pueblo dominicano dejara de amar a la Virgen de Altagracia, dejaría, estamos seguros, de ser independiente y soberano. La devoción a la Virgen de Altagracia es nuestra mayor garantía de supervivencia como nación. Así lo ha demostrado la historia. La Virgen nos ha salvado y continuará haciéndolo por los siglos de los siglos».

Sin espacio ni deseos de comentar esta especie, ni para cuestionar analíticamente cuál es la historia que hace tales “demostraciones”, los evangélicos dominicanos, a una, deploran tan desequilibradas conclusiones. Las mismas insultan la vocación patriótica del dominicano no mariano y, en nuestra estimación, afrentan la dignidad de nuestro glorioso país. Saludable fuera que el autor de este desatino conociera la gracia de retractarse. ¡Que llegue pronto ese día!

Los evangélicos rechazarían además con toda energía y, creemos, con buen fundamento escriturario, otras afirmaciones obviamente nacidas de la pasión, del fanatismo y de la ceguera iconólatra, tal y como aquello de: «devoto de María y cristiano son términos equivalentes» y eso de que «no se puede ser cristiano sin ser verdadero devoto de María». El análisis más superficial de las Sagradas Escrituras se encargaría de probar, inequívocamente, que lo opuesto es la verdad.

El Papa también

Pero no sólo los monseñores creen y promueven la fe milagrera de las imágenes de vírgenes y “santos” tanto en la Dominicana como en otras latitudes, nada menos que el Papa Juan Pablo II mismo habla constantemente de tales portentos. Sus visitas personales a los santuarios y grutas de las distintas “advocaciones” de María y de los “santos” (donde reverentemente se arrodilla y ora) dan pauta y oficialmente endosan la idolatría que rinden en ellos incontables peregrinos. Sancionan además el comercio millonario que estas romerías generan. El prestigioso diario Chicago Tribune cita al “Sumo Pontífice” de los católicos al éste referirse a “los milagros” de la virgen mexicana de Guadalupe. En ocasión de celebrarse el 450 aniversario de la supuesta aparición de esta virgen morena, el Papa comentó: «el santuario de la Guadalupe será un centro de donde la luz del evangelio de Cristo alumbrará al mundo a través de la imagen milagrosa de su madre».
Baste, para una prueba, los arriba mencionados botones.

El reformador que hizo lo recto

Los iconoclastas a que hicimos referencia al principio pueden haber inspirado sus drásticas acciones en un incidente registrado en el libro bíblico de 2 Reyes 18:1-7. El reformista rey Ezequías “hizo lo recto ante los ojos de Jehová... quebró las imágenes, y cortó los símbolos de Asera, e hizo pedazos la serpiente de bronce que había hecho Moisés, porque hasta entonces le quemaban incienso los hijos de Israel; y la llamó Nehustán. En Jehová Dios de Israel puso su esperanza...” (2 R. 18:3-5).

Recuerde el lector que esta serpiente de metal se había hecho por instrucciones expresas de Jehová mismo. Había servido el salutífero propósito de salvar la vida a millares de israelitas que perecían envenenados por las mordeduras de serpientes en el desierto (Nm. 21:4-9). Pero cuando el metálico reptil llegó a ser objeto de culto, el piadoso rey Ezequías no tuvo más nada que ver con él y ordenó su destrucción. Quizás la imitación de este ejemplo pruebe ser el beneficio más grande de esta hora, el acontecimiento religioso de más relieve de este milenio. Tal vez un cambio de dirección en el culto que rinden las masas incendiaría el avivamiento espiritual que envíe la adoración que consumen los ídolos e imágenes en dirección de quien debe ser su legítimo blanco: Dios mismo.

Testimonio de los léxicos

El diccionario católico de la Biblia del editorial Herder, Barcelona (1964), lista la palabra adoración aunque, curiosamente, no la define. A todas luces esto es irregular en un diccionario que se autodenomina "bíblico". La palabra adoración es una palabra definitivamente bíblica y, por tanto, merece un tratamiento más equitativo. El citado diccionario goza de un generoso nihil obstat (aprobación) proveniente de más de un par de reconocidos jerarcas, autoridades y eruditos católicos.

En lugar de definir la palabra adoración, el diccionario Herder hace una llamada para que el lector busque la palabra culto. Cuando el lector busca la palabra culto, encuentra un pesadísimo discurrir en torno al uso de este concepto en ambos Testamentos de la Biblia y un complicado comentario que presume explicar las palabras hebreas y griegas que lo definen. A continuación, este artículo de diccionario dice en términos precisos: «El fundamento del culto legítimo es el monoteísmo y, sobre todo, la relación entre Israel y Yahvéh, establecida por la alianza. El objeto único de este culto es Yahvéh mismo, que no puede ser representado por imágenes. Justamente está prohibida toda otra representación así de hombres como de animales (Ex. 20:4-6, 34:17; cf. Gn. 35:1-4). Es, por consiguiente, un culto sin imágenes».

En este punto el artículo del diccionario tiene una llamada al lector para que busque el aparte listado más adelante como imágenes (prohibición de). En el aparte imágenes, el diccionario Herder corrobora ampliamente la abominación que Dios siente por las representaciones de la deidad. Comienza de esta manera: «En el auténtico culto de Yahvéh estaban severísimamente prohibidas las imágenes sagradas, aun las que representaban a Yahvéh mismo (Ex. 34:17, rechaza las imágenes fundidas; Ex. 20:23, los ídolos de plata y de oro; Dt. 5:8, las imágenes de todo lo que está arriba en el cielo o abajo en la tierra o en el agua debajo de la tierra y que pudiese provocar los celos de Yahvéh; Lv. 26:1, las imágenes ante las cuales uno se postra en tierra). En todas estas citas (excepto Ex. 34:17, que tiene alcance más general) se habla de otros dioses».

De veras asombran tan certeras exposiciones provenientes de una fuente autorizada tan importante, siendo que las prácticas de aquellos a quienes suponen orientar, las contradicen abiertamente.

El diccionario de la Real Academia de la Lengua Española del editorial Espasa-Calpe, no establece diferencia alguna entre adorar y venerar. El Pequeño Diccionario Larousse Ilustrado lista la dulía como sinónimo de adoración y define la hiperdulía como un "culto" que se tributa a la virgen. Culto, por definición del Gran Diccionario Enciclopédico Ilustrado del Reader's Digest, es «homenaje de amor, respeto y sumisión que el hombre tributa a Dios» (no a la virgen). Venerar, según el Diccionario Enciclopédico del Reader's Digest, es «respetar en sumo grado, dar culto a Dios, a los santos o a las cosas sagradas». En consecuencia, adorar, venerar, y dar culto, tienen uno y un mismo significado.

Quede demostrado, pues, que al manejar los conceptos de adoraryvenerar no estamos frente a un simple problema de semántica nada más, sino más bien ante el caso patológico de un tumor con más pus de lo que se le quiere reconocer. Siendo que el cosmético semántico no le llega ni a la superficie, el caso requiere una cirugía radical que lo estirpe de raíz.

Entiéndase además, que la palabra dulía viene del griego douleia (douleia) y significa darse a uno mismo como esclavo. Un doulos (doulos) era un esclavo servil. Por derivación, rendir dulía a santos y ángeles o hiperdulía a la virgen, significa encadenarnos a ellos como esclavos serviles. Esto, a todas luces, es una obligación que el hombre supone contraer con Dios solamente.

En esta venia, la traducción que hace la Biblia católica de Nácar-Colunga del pasaje de la tentación de Cristo, es de gran peso corroborativo: "Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto" (Mt. 4:10).

Qui aures audiendi, audiat... (quien tenga oídos para oír, que oiga).

Testimonio de las Escrituras

No hay precedentes en el Nuevo Testamento de que los cristianos originales se adorasen unos a otros. Si los cristianos de ahora adorásemos a la virgen o a San Pedro, estaríamos nadando contra esa corriente. Antes, por el contrario, como veremos más adelante, los santos del Nuevo Testamento repelieron enérgicamente todo intento de ser adorados. Lo mismo hicieron los ángeles. En cuanto a la virgen María, es altamente significativo que el Nuevo Testamento la presenta magnificando devota y directamente a Dios a quien llama "mi Salvador" (Lc. 1:46-55). En los evangelios la oímos mandar a los comensales de la boda de Caná a hacer "todo lo que (Cristo) os dijere" (Jn. 2:5).

¿Enseña algo de valor este acto de devoción de la santa madre?

Testimonio de la historia

La historia de la iglesia se encarga de confirmar el hecho de que el uso de iconos y esculturas en el culto no era artículo de fe ni objeto de veneración en los siglos que siguieron inmediatamente a la iglesia apostólica. La veneración de imágenes y reliquias era totalmente desconocida en la iglesia primitiva y en la siguiente. Hubieron de transcurrir varios siglos para que la jerarquía autorizara su veneración. Si el cristianismo prescindió de iconos y esculturas por tantos siglos, demostrando en ese período temprano de su historia ser dueño de un exuberante poder de expansión que perdió después, ¿no le valdría la pena tirarlos por la borda ahora en aras de rebautizarse del poder que se le ha esfumado?

Cristología de la Biblia

El culto en el Nuevo Testamento no ofrece la más remota sugerencia de que los cristianos primitivos "veneraran" imágenes. Paradójicamente, las imágenes que se veneran hoy suponen ser las de estos cristianos originales como ya hemos mencionado. Lo que sí hace incuestionablemente el Nuevo Testamento es pronunciarse contra la idolatría (1 Co. 5:9-10, 10:7; Ef. 5:5; 1 Ts. 1:9,10; 1 Jn. 5:21).

Es por demás significativo que siendo la Biblia un libro eminentemente cristológico, no presente por ninguna parte una descripción del aspecto físico de Jesús. Esta inclusión hubiera dado una base sólida a las artes pictóricas y escultóricas para expresarlo. Nos parece que este argumento por silencio del Libro de Dios, resulta sumamente elocuente. Representa una póliza de seguro más contra la idolatría.

La Biblia, sin embargo, no economiza palabras para describir la figura moral de Jesús el Cristo. Su humildad, mansedumbre, moderación, gracia, inteligencia, elocuencia, amor, compasión, misericordia, sensibilidad ante el sufrimiento y la injusticia, etc., se echan de ver a cada paso. Jesús en la Biblia es la promesa del pasado, la realidad del presente y la gloria del porvenir. Es Mesías en el Antiguo Testamento, Salvador del Nuevo y Señor de todo El Libro.

¿A quién se parece Jesús?

¿De dónde salió tan falsa imagen de Jesús el Nazareno con que por siempre nos han magullado?

¿Basados en qué se permiten concebir un rostro de Jesús refino, de melena rubia, de ojos azules (o verdes)? ¿No son estas características nórdico-sajonas? ¿Acaso no era Jesús semita?

¿Por qué insistir en una expresión tan feminoide del machazo que agarró un látigo y a puros fuetazos sacó del templo a un grupo de mercaderes?

¿Quién le dio luz verde a quién para que se deslizara tan lejos pintando o esculpiendo tan atractivas facciones? ¿No vislumbraron los videntes-profetas que vivieron antes que los artistas italianos a un Mesías actualmente repulsivo? ¿No los hizo esto expresar: "... no hay parecer en él, ni hermosura, verlo hemos mas sin atractivo para que lo deseemos?" (Is. 53:2).

¡Fantástico Da Vinci!

Tome usted el cuadro de La Última Cena por ejemplo. Póngalo bajo el microscopio por unos momentos. Sin disputar su genialidad como arte ni su popularidad como pintura... ¿se conforma éste a la realidad bíblica, étnica, social, religiosa, histórica? ¡Lejos sea!

La figura de Jesús en La Última Cena congrue más con un Adonis de gran belleza que con el viril galileo que proyecta el Nuevo Testamento. (Adonis es el dios mitológico a quien Afrodita metamorfoseó en flor de anémona cuando murió atacado por un jabalí). ¿Evoca este cuadro la imagen de un tosco rabí judío o más bien la de un suavecito dios griego que flota en las nubes que entornan al Monte Olimpo?

Ni hablar de otras fallas de que adolece esta pintura. Por ejemplo, el cordero asado era la comida ritual de la Pascua que Jesús y sus discípulos suponían celebrar y no el pez que aparece en ella. Y... el pan de esta pintura... ¿es leudado o sin leudar? ¡Apuesto a que es leudado!

¿Qué de los acompañantes de Jesús? ¿Eran por fin escandinavos, italianos o judíos?

¿Por qué se sientan a la mesa al estilo europeo en vez de reclinarse sobre almohadones al estilo mesoriental? ¿ No resulta muy alta la mesa de este cuadro? ¡Las mesas orientales suponen no pasar de medio metro de alto!

Y... ¿Por qué se sientan todos en un solo lado de esta mesa? ¿Es que estaban tomando pose para un fotógrafo o porque reservaban el otro lado intacto para otros comensales que no llegaban todavía?

¿Cómo es posible que tantos, por tanto tiempo, en tantos lugares, en tantas maneras, engullieran tantas incongruencias? Si así de erróneas son las creaciones pinceladas o esculpidas por la imaginación artística, ¿cuánto más lo son aquellas proyecciones que las mismas taladran en el cerebro de los adoradores? ¡Pura ficción! ¿Verdad?

Si para adorar se parte de tan quimérica ilusión, ¿no es obvio que tal adoración va rumbo al naufragio?

¡Por Engracia y Antoñita! ¡No nos hagan soñar despiertos! ¡Dennos realidades!

Y María... ¿Cómo era?

Ninguno de sus contemporáneos describió su aspecto físico para nosotros. Curioso, ¿verdad? ¿Acaso denota este silencio una sospecha providencial con que estaban iluminados o sólo refleja su angustiado presentimiento de lo que la posteridad haría de la madre de Jesús? ¡Una diosa!

¿Cuál es la lógica detrás de tan diversas, multifacéticas y multicolores "advocaciones" con que se la presenta? ¿Quién regula esta diversidad? ¿Quién pone retenes a quien decida crear a su propia imagen y semejanza 10.000 vírgenes más, y con ellas 10.000 otras devociones

Adoración del hombre por el hombre

La adoración a María y a los santos es antropomorfa, es decir, del hombre hacia el hombre. Es adoración horizontal. La adoración que proyecta la Biblia es vertical, del hombre hacia Dios.

El libro bíblico de Los Hechos de los apóstoles narra un triste incidente ocurrido en Listra. Los habitantes de esa ciudad pagana quisieron rendir adoración a los apóstoles Pablo y Bernabé. El torbellino religioso que remolinaba en los corazones de los habitantes de Listra quedó incendiado al presenciar el milagro de curación de un cojo de nacimiento. Enseguida identificaron a Bernabé con Júpiter y a Pablo con Mercurio. Júpiter era el padre de los dioses romanos cuya contraparte griega era Zeus. Mercurio era un dios latino al cual los griegos llamaban Hermes. El pasaje de Los Hechos hace claro que Bernabé y Pablo detestaron, y enérgicamente rechazaron el culto que estos paganos intentaban darles. Dramáticamente los santos apóstoles hicieron tiras y flecos sus vestuarios, a la par que vociferaban enérgicamente a la enardecida multitud: "Varones, ¿por qué hacéis esto? Nosotros también somos hombres semejantes a vosotros..." (Hch. 14:8-18).

Acto seguido, hablaron a la muchedumbre del Dios que hizo los cielos y la tierra, esperanzados de que estos paganos se arrepintieran de sus prácticas idolátricas.

El libro de Los Hechos narra además como San Pedro tuvo ocasión de levantar de sus rodillas a Cornelio un capitán de la compañía la Italiana que se inclinó para adorarle. "Levántate" - le dijo - "... yo mismo también soy hombre" ( Hch. 10:25-26). Enseguida Pedro entró a la casa del oficial romano y predicó el evangelio a los congregados. Los que oyeron el discurso del apóstol optaron por creer en Jesucristo y como resultado fueron bautizados inmediatamente en el Espíritu Santo como testimonio de la salvación recibida.

Uno pensaría que esos incidentes protagonizados por Bernabé, Pablo y Pedro darían al traste, de una vez por todas, con el culto a los seres humanos estén estos vivos o muertos. Pero hasta el día de hoy la rancia y torcida latría del hombre hacia el hombre se practica como en antaño. Hoy por hoy se endiosan también las estrellas del cine o de la farándula, las estrellas del deporte, los líderes políticos, las "autoridades" religiosas, así como otros mortales.

Adoración de los ángeles

Pero hay los que adoran ángeles también. En el catolicismo ciertamente vale rendirles dulía. La Biblia exhorta: "Nadie os prive de vuestro premio, afectando humildad y culto a los ángeles, entremetiéndose en lo que no ha visto, vanamente hinchado por su propia mente carnal" (Col. 2:18). La Biblia dice además que los ángeles no son más que "espíritus ministradores" o servidores de aquellos que serán herederos de la salvación. Es absurdo inclinarse ante un sirviente.

El apóstol Juan, visionario del Apocalipsis, impactado por la magnificente visión del cielo, quiso postrarse a adorar a los pies del ángel que le mostraba la Jerusalén de arriba (la ciudad celestial). Mas de pronto el ángel le advirtió: "Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo... Adora a Dios" (Ap. 22:9).

Los ángeles dieron efectivo ejemplo acerca de a quién debemos adorar. "¡Gloria a Dios en las alturas..." (Lc. 2:14) coriferaron con efusión al asistir al santo nacimiento. Más tarde millares más de ellos adorarían al Cristo glorificado, ascendido y entronado a la diestra de la majestad en las alturas. Su loa se registra en el libro de Apocalipsis 5:11-12: "Y miré, y oí la voz de muchos ángeles alrededor del trono, y de los seres vivientes, y de los ancianos; y su número era millones de millones, que decían a gran voz: El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza".

Es digno de notar el hecho de que Dios no dijera jamás a ninguno de los ángeles, por alto o dignificado que fuera: "Mi Hijo eres tú ... siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies" (He. 1:5, 13). Pero sin reservas Dios dijo esto de su bien amado Hijo. Sólo Jesús fue hallado digno de ocupar el trono de honor a la derecha del Padre y de ser llamado "...Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos..." (Ro. 9:5). El texto de la Escritura afirma que ante Cristo Jesús final y universalmente "se doblará toda rodilla y toda lengua confesará que Él es Señor para la gloria de Dios Padre". Es prudente, pues, y ventajoso para el pecador inclinarse urgente y voluntariamente ante el rey Jesús ahora, en esta vida, y evitar así que lo fuercen a ello en la otra.

Adoración de espíritus

Hay también los que adoran a los espíritus de los muertos. Millones practican el animismo o culto a los espíritus de familiares que han partido. Están intrincados en la maraña más envilecedora del misticismo oriental.

Otros expresan su culto a espíritus inmundos o ángeles caídos mediante el espiritismo vulgar o el refinado. Millones adoran a los demonios mediante la santería afrocubana, el vudú afrohaitiano, la macumba y el candomblé afrobrasileño, y mediante otras formas varias del espiritualismo. Incontables hogares colocan vasos de agua con aceite ante los ídolos mudos o en honor a los espíritus de los muertos. Flotan en ellos crucecitas hechas de astillas con corchos en sus extremos. Visualizo mentalmente una enorme cantidad de esos hogares en penumbra donde la mecha de algodón mojada de alcohol arde sobre tales crucetas. Su parpadeo claroscuro añade grima a estas habitaciones dedicadas a los pobladores del bajo mundo. Vislumbro además la flor blanca que boya en el agua de otros vasos que coronan millares de esos "altares" domésticos. ¡Tan generalizado que es este culto! Pero que no haya equívocos en este punto, el culto a los espíritus, según Dios, es una "abominación" intolerable (Dt. 18:9-12).

Adoración de Satanás

Todavía peor, hay los que llegan al atrevido extremo de adorar a Satanás mismo. Satanás, nos dice la Biblia, es "...homicida desde el principio ... mentiroso, y padre de mentira" (Jn. 8:44). Él es el "...príncipe de los demonios..." (Lc. 11:15), "...príncipe de este mundo..." (Jn. 12:31, 16:11) y el "...príncipe de la potestad del aire..." (Ef. 2:2). A pesar de su carácter maléfico e indeseable, existen salones de culto donde sin inhibiciones se invoca a este enemigo mayor de las almas. Incluso en los cementerios hay quienes se congregan de noche para adorar al diablo. En tan macabro lugar rinden culto al "...ángel del abismo..." cuyo nombre es "Abadón" y en griego, Appolluvn ("Apolión") o destructor (Ap. 9:11). Al diablo sacrifican gallos, cabros, ovejas y otros animales. Se beben la sangre caliente de estos o se la rocían ritualmente sobre sí. A menudo el embruteciente rock and roll les sirve de aliado popularizando el satanismo entre la juventud. Usando una técnica especial de grabación, esta música de bárbaros transfiere al cerebro joven mensajes subliminales destinados a distorsionar y subvertir toda traza de moral en la nueva generación.

El uso de cocaína, marihuana y otras maldiciones similares, fertilizan también esta modalidad religiosa. Pero el antidios que los errados invocan está destinado a las prisiones eternas del infierno. Satanás será despachado final y eternamente al "...lago de fuego y azufre..." (Ap. 20:10). Idéntica suerte correrán todos y cada uno de sus adoradores.

Adoración de mamón

Hay otras formas diversas de idolatría, más sutiles quizás, hacia las que el hombre suele volcarse también. Por ejemplo, hay los que se inclinan ante el dios del dinero (Mamón). Sin miramientos doblan las rodillas ante el "poderoso caballero, don Dinero". La obsesión suprema de algunos es aquella de ganar plata de cualquier manera, a cualquier costo, y a esa actividad dedican lo mejor de su talento y le entregan sin tregua lo más precioso de su tiempo. En el proceso, consciente o inconscientemente, desarrollan una avaricia patológica que los carcome hasta los huesos. La Biblia dice a estos que "la avaricia es idolatría" (Col. 3:5) y que es imposible "...servir a Dios y a las riquezas" (Mt. 6:24).

Ídolos que también se adoran

Otros se arrodillan ante el esclavizante dios del sexo. No lo pueden sacudir de sus mentes ni de la fibra misma de sus pasiones. Ante este dios queman el incienso de sus cautivos pensamientos y ofrecen la flor de sus más recónditos afectos. La perversa filosofía que los energiza les insinúa que, para ser macho de verdad, para demostrar la hombría, es menester acostarse con una mujer diferente todas las noches. Los así embrutecidos se acuestan hasta con el primer palo de escoba que se presente. Su conducta envilecida no está por encima de la de los seres inferiores en la escala zoológica. En realidad, el verdadero macho, el auténtico hombre, es aquel que se acuesta con una sola y la misma mujer toda su vida. No es, pues, accidente que las Sagradas Escrituras conecten a menudo la idolatría con la inmoralidad sexual.

Otros veneran al dios de la "falsamente llamada ciencia". Se vuelven ratones de bibliotecas apurando la copa del saber. Gastan su existencia en los laboratorios haciendo comprobaciones y experimentos con tenacidad tal, que en el proceso asfixian tontamente su capacidad para adorar al Supremo Creador.

Hay también los que idolatran a sus padres, o a sus hijos, o a su cónyuge, o a su profesión, o a su deporte favorito. A unos y a otros la Biblia amonesta: "...huid de la idolatría" (1 Co. 10:14). Dios, nos dice la Escritura, es un Dios "celoso" de su gloria. No accede a compartir con dioses imaginarios, ídolos, iconos o santos, ni con ángeles o espíritus ni con hombres ni con nada, el más mínimo ápice del culto al cual ÉL sólo es acreedor. La Biblia dice: "Yo Jehová; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas" (Is. 42:8). "Porque Jehová tu Dios es fuego consumidor, Dios celoso" (Dt. 4:24).

Por otro lado, hay los que no adoran a Belial (diablo) ni a sus espíritus caídos ni a los ángeles ni a los santos ni a las vírgenes ni a los hombres ni a nada. No son ateos siquiera, pero correrán la suerte de los desgraciados. Estando exentos del pecado de la idolatría, han hecho, sin embargo, la trágica decisión, a veces inconsciente, de quedarse al margen de la salvación que Dios les ofrece.

Adoración y la Biblia

La Biblia dice: "Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren" (Jn. 4:24). El espíritu no tiene forma, ni peso ni color ni dimensión. Es por tanto intocable e irrepresentable.

No obstante, es en el plano del espíritu donde se cementa mejor la relación del hombre con su Dios. Es el espíritu del hombre que le da acceso a la Deidad. Son las impresiones que hace el Espíritu de Dios sobre el espíritu del hombre lo que confieren a éste el conocimiento y el disfrute del Alto y Sublimado, y a la vez le revelan íntimamente la esencia espiritual de que está compuesta su propia naturaleza humana. Cuando el hombre equivocada o deliberadamente opta por inclinarse ante otros hombres, ángeles, espíritus, imágenes pintadas o esculpidas, se degrada a sí mismo y pierde el rumbo de la verdadera adoración. Sus esfuerzos religiosos llegan a ser una verdadera afrenta al Creador. Las representaciones materiales de la deidad rebajan la sublimidad de Dios y escupen la dignidad del hombre. Inclinarse en adoración ante ellas es convertirse en idólatra. Dios abomina la idolatría.

A Dios solo y sólo a Dios adorarás

Al final de los cuarenta días de su tentación, Cristo dijo conclusivamente al diablo: "Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás" (Mt. 4:10). Estas palabras de Jesús establecen de la manera más categórica que a solo Dios y a Dios sólo debe rendírsele culto y ofrecérsele servicio. Esto deja afuera a los iconos, esculturas, espíritus, a los demás hombres, ángeles y a todo ser o cosa.

Napoleón Bonaparte, mortal que estuvo envuelto en glorias, grandezas, prestigio y adulación, consciente de que Jesucristo es el astro de más brillo en la constelación universal, convencido de que ante Él sólo debemos arrodillarnos, expresó elocuentemente su convicción con estas palabras: «Si Sócrates entrara en esta pieza, nos pondríamos de pie en su honor. Pero si Jesucristo entrare nos pondríamos de rodillas para adorarle».

Nótese que fue nada menos que Jesús quién expresó la necesidad de adorar a Dios "en espíritu y en verdad". No en espíritu solamente sin la verdad, como hacían los samaritanos que aunque entusiastas en la adoración andaban cojeando al seguir sólo el Pentateuco (los 5 libros de Moisés). No en verdad solamente sin el espíritu, como hacían los judíos que, no obstante, poseer una revelación más completa (los 39 libros del Antiguo Testamento) adoraban con corazones fríos, llenos de legalismos, ritos y formalidad religiosa. La adoración bíblica es "en espíritu y en verdad". A tales adoradores busca Dios el Padre. Siendo que el único culto aceptable a Dios es aquel que está basado en la verdad (Jn. 4:24), y la Biblia es verdad (Jn. 17:17), la adoración debe seguir al dedillo las directrices de la Biblia. Apartarse de la Biblia es naufragar. En consecuencia, la adoración correcta demanda una teología correcta. Una teología errada conduce a una adoración chueca.

¿Qué es adoración?

William Temple, Arzobispo de Canterbury, la ha explicado certeramente: «Adorar es despertar la conciencia a la santidad de Dios, alimentar la mente en la verdad de Dios, purgar la imaginación por la belleza de Dios, abrir el corazón al amor de Dios, dedicar la voluntad a los propósitos de Dios». Adorar, ha dicho otro, es «entrar en el estado consciente de apreciación de la excelencia divina». Es «responder a lo que Dios es». Es darle homenaje, honor, reverencia, respeto, alabanza y gloria al Dios del cielo. Adorar es dar, no necesariamente recibir. Siendo que es tan importante que la criatura adore a su Creador y para el Creador recibir el homenaje de Su criatura, el adorar deja de ser un adorno o aditamento en la vida del hombre para constituirse en su espina dorsal misma.

Pero es más fácil ilustrar la adoración que definirla. Un contraste de palabras relacionadas entre sí puede ayudarnos a discernir lo que es adoración. Decir: «Jesús, ¡sálvame!» es orar. Decir: «Jesús, ¡gracias por salvarme!» es ofrecer acción de gracias. Decir: «Jesús, ¡cuán maravilloso salvador tú eres!» es alabar. Pero encorvarse en la presencia de Dios soltando nuestra alma en la inmensidad de Su ser mientras oramos, damos gracias, alabamos, contemplamos, homenajeamos al Señor, eso es adorar. La oración, pues, es el cristiano ocupado con sus necesidades. La acción de gracias es el cristiano ocupado con sus bendiciones. La adoración es el cristiano ocupado con su Dios.

Usted y la adoración

Amigo, comience usted por encorvarse en cuerpo y arrodillarse en espíritu ante la majestad de Cristo Jesús. Arrepiéntase del horrendo pecado de la idolatría en cualesquiera sea la forma que usted la haya practicado. Arrepiéntase también, sinceramente, de los demás pecados que lo entornan. Sí, de esos pecaditos, pecadotes y pecadazos que usted con tanto éxito ha sabido esconder de su cónyuge, o de sus padres, o de sus hijos, o de sus amigos, pero que han permanecido "desnudos y descubiertos ante la vista de aquel ante quien tenemos que dar cuenta" (He. 4:13). "No os engañéis", dice la Biblia en Gálatas 6:7-8; "Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará. Porque el que siembra para su carne, de la carne segará corrupción; mas el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna".

Lo que Dios pide de usted

Quebrante su corazón sinceramente ante el Dios que está sublimado en el cielo. Acepte por fe el sacrificio de Cristo sobre la cruz como su única base de salvación y como su mejor argumento contra el juicio venidero. Traiga su alma a lavar con el detergente de la purísima sangre de Jesucristo. En este mismo momento ponga a un lado este folleto. Arrodíllese ante Dios, su creador. En su sacrosanta presencia reconozca su miseria y pecaminosidad. Sépase inmerecedor del "regalo de Dios que es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro" (Ro. 6:23). Reciba con las manos vacías y el corazón contrito ese regalo, don o dádiva de Dios. Sin argumentos, sin condiciones, sin excusas, sin tratar de comprar la salvación con buenas obras, de ganarla con esfuerzos religiosos, o merecerla a base de buena conducta o mediante cualquier otra fórmula humana, confíe de corazón en la Obra salvadora que Cristo hizo en la cruz a su favor. La Biblia dice: "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe" (Ef. 2:8-9). Todo esfuerzo humano es inútil. No existe moneda de trueque para adquirir la salvación. Jonás 2:9, dice: "La salvación es de Jehová", y Él no la vende ni la trueca ni la negocia. Solamente la da a los que se humillan delante de Él.

Después de quebrantarse ante Cristo Jesús, déle gracias por haberle salvado y empiece a cultivar su salvación con "temor y temblor". Testifique a su prójimo de la experiencia que ha tenido. Busque como aguja en un pajar a un grupo de creyentes que se reúnan bajo la sola autoridad de Jesucristo y conforme al patrón delineado en el Nuevo Testamento para la iglesia. Estos grupos no son comunes, pero existen. Únase a este grupo con la intención de bendecir, ayudar, contribuir, invertir su tiempo, su talento y ¿por qué no? su dinero también. Ya convertido en hijo de Dios, suéltese en adoración en su santa presencia. ¡Esta debe ser su más alta ocupación! ¡Su más sublime ejercicio! ¡El más grande de sus privilegios!

Mantenga de por vida una actitud constante de adoración al Dios de los cielos. Si el pecado se la interrumpe, regrese espiritualmente por confesión a la colina del Gólgota. Postrado a los pies del crucificado (no del crucifijo) reclame como suya la grandiosa promesa: "...la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado" (1 Jn. 1:7b). La relación con Dios a través de su Hijo Jesucristo, es su esperanza más segura y la más certera de todas sus opciones.

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