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Pared de piedra

Thomas Jonathan Jackson nació en 1824 en Clarksburg, Virginia.  Tenía una educación limitada y a duras penas aprobó el examen de ingreso para la Academia Militar West Point.  Sin embargo, una vez inició sus estudios se distinguió académicamente y pasó a convertirse en uno de los genios tácticos más grandes en la historia militar.

Su interés en la fe cristiana comenzó cuando era un adolescente, y se intensificó mientras estaba peleando en la guerra mexicana.  El 29 de abril de 1948, declaró su fe públicamente y fue bautizado en una iglesia episcopal, aunque dejó claro que no se estaba uniendo a esta congregación, porque no estaba seguro respecto a qué denominación debía pertenecer. 

En 1851 comenzó diez años de enseñanza en el Instituto Militar Virginia.  Sus estudiantes lo consideraban demasiado piadoso e inflexible y lo hacían objeto de muchas bromas.  Durante este tiempo se unió a la iglesia presbiteriana y se convirtió en diácono.  Era extremamente formal en su comportamiento e intenso en su devoción espiritual.

En 1853 contrajo matrimonio con Elinor Judkin, pero su felicidad fue breve porque ella murió al dar a luz, sólo un año después.  Esta pérdida devastadora fue la primera prueba verdadera de su fe, y lo motivó a rededicar su vida a Cristo.  Creía fuertemente en la voluntad de Dios y encontraba consuelo en el hecho que la providencia Divina le aseguraba que había un propósito en su pérdida.

Jackson no apoyaba la secesión, la separación de los estados del sur de Estados Unidos, sin embargo permaneció fiel a Virginia.  Cuando este estado se separó de la Unión en 1861, aceptó una comisión en el ejército de Virginia del norte.  Fue entonces cuando se ganó su famoso apodo “Pared de piedra” en la primera batalla de Bull Run, en donde su brigada se mantuvo firme contra el ataque, como una pared de piedra.

 

El gran valor de Jackson en la batalla no pasó sin ser notado.  Otro oficial le preguntó cómo se las arreglaba para mantenerse tan calmado, él replicó: “Capitán, mis creencias religiosas me enseñan a sentirme tan seguro en la batalla como en mi cama.  Dios tiene un tiempo determinado para mi muerte, y no me preocupo a ese respecto, sino que siempre estoy listo, no importa en qué momento pueda alcanzarme.  Capitán, esa es la forma cómo todos los hombres deberían vivir, y así todos serían igualmente valientes”.

Siempre le dio el crédito a Dios por sus victorias.  Y decía: “sin las bendiciones de nuestro Padre Celestial no tendría éxito, y por cada triunfo, mi oración es que toda la gloria sea para Él, porque es el único que la merece”.  También era conocido como un hombre de oración.  Oraba apasionadamente antes de tomar una decisión, y en la víspera de una batalla se despertaba varias veces durante la noche y pedía la dirección de Dios.

Desde 1861 a 1863 Jackson demostró su genio táctico en múltiples campañas:  en la batalla Peninsular, en el valle Shenandoah, en las batallas de los siete días, en Cross Keys, Port Republic, en la segunda batalla de Bull Run, Antietam Fredricksburg y otras.  Algunos de los soldados en privado lo consideraban como un religioso extremista, pero le respetaban como general, tanto que nunca se mofaron de él.

Durante la batalla de Chancellorsville, Jackson quedó atrapado en medio del fuego amigo de sus propios hombres y recibió un disparo en el brazo, el cual le tuvo que ser amputado, y mientras se recuperaba le dio pulmonía.  El general Lee le escribió diciéndole: “Si hubiera podido dirigir los eventos, habría escogido, por el bien de la nación, quedar incapacitado en lugar suyo.  Lo felicito por sus victorias”.  Cuando le leyeron la carta, Jackson replicó: “El general Lee es muy bondadoso, pero debería darle la gloria a Dios”.

 

Su condición continuó empeorando, y el 10 de mayo de 1863, quedó inconsciente y entonces claramente pronunció sus últimas palabras: “Crucemos el río, y descansemos bajo la sombra de los árboles”.  Luego, el alma de este gran general entró en la paz del Señor.

Reflexión

La confianza de Jackson en Dios lo capacitó para ser valiente y tener esperanza en todas las circunstancias, incluyendo la muerte de su esposa, en las batallas en que su vida estuvo en peligro y ante su propia muerte. ¿De qué manera afecta su fe la forma cómo vive su vida?

“Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo; y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe” (1 Juan 5:4).