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Las fieles Margarets

   Margaret MacLachlan y Margaret Wilson, firmantes del pacto en Wingtown, Escocia, fueron juzgadas por su fe el 13 de abril de 1865, por rehusarse a pronunciar el juramento de abjuración el cual declaraba que la Iglesia de Dios es un departamento del estado. 

Siendo encontradas culpables de rebelión, de atender a reuniones en el campo y adorar en lugares diferentes a la iglesia, se les ordenó recibir la sentencia de rodillas.  Cuando se negaron a arrodillarse ante cualquier persona con excepción de Dios, fueron forzadas a hacerlo y sentenciadas a morir ahogadas.

Margaret MacLachlan era una viuda de setenta años, altamente respetada por sus compañeros cristianos por su fe inconmovible y vida piadosa. Se encontraba adorando de rodillas junto con su familia cuando fue arrestada.  Mientras permaneció en la prisión esperando el juicio, sufrió mucho por la falta de alimento, por estar en medio de la oscuridad y sin un lugar donde poder recostarse.

Por contraste, Margaret Wilson era una joven sirvienta de dieciocho años, quien junto con su hermano y hermana habían huido a las montañas para escapar de la persecución porque eran seguidores de James Renwick, un firmante del pacto.  Sus padres sufrieron en gran manera debido a las convicciones piadosas de sus hijos.  Agnes, la hermana de Margaret de trece años, fue arrestada en el mismo momento que su hermana, pero su padre pudo pagar la multa impuesta por ella en ese momento.  Sin embargo, fue demasiado tarde para poder rescatar a Margaret.

El 11 de mayo de 1865, las dos fieles Margarets fueron atadas cada una a un poste que fue clavado en el fondo del mar, mientras la marea subía.  La más anciana de las dos estaba más distante, y la joven más cerca de la playa.  Se les dieron muchas oportunidades para que se retractaran de sus creencias, pero ambas permanecieron firmes y resueltas.

Margaret MacLachlan permaneció en silencio con sus ojos cerrados durante toda su ejecución, orando delante de Cristo hasta su muerte.  Cuando las olas la cubrieron, y su cuerpo finalmente flotó flácido, los soldados le dijeron a Margaret la joven, “¿Qué piensas ahora de ella?”.

La joven replicó: “¡Pienso!  Que veo a Cristo luchando aquí. ¿Qué estamos sufriendo? ¡No! ¡Porque Cristo está en nosotras!”.

Conforme la marea subía, Margaret la joven comenzó a cantar una versión musicalizada del Salmo 25:7 compuesta por los firmantes del pacto:

De los pecados de mi juventud,

Y de mis rebeliones, no te acuerdes;

Conforme a tu misericordia acuérdate de mí,

Por tu bondad, oh Jehová

Ella tenía su Biblia y leyó de Romanos 8:37-39: “Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.  Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro”.

Después que las olas cubrieron su cabeza, los soldados la sacaron del agua, por última vez, y le rogaron “¡Ora por el rey!”.  Ella oró, pero su oración fue: “Señor, dale arrepentimiento, concédele perdón y salvación, si es tu santa voluntad”.  Los soldados airados clavaron la estaca nuevamente en el fondo del mar y cuando el agua terminó por cubrirla, la joven se unió con Margaret MacLachlan ante el trono.

Reflexión

Las dos mujeres compartieron el mismo nombre, la misma fe y la misma muerte.  Tal vez nosotros nunca tengamos que enfrentar la marea, pero las aguas profundas de los problemas y pérdidas pueden ser igualmente abrumadoras. ¿Cómo reacciona usted cuando siente que está a punto de ahogarse en sus propios problemas?

“Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú.  Cuando pases por las aguas, yo estaré contigo; y si por los ríos, no te anegarán.  Cuando pases por el fuego, no te quemarás, ni la llama arderá en ti” (Isaías 43:1 y 2).