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La guerra de treinta años que se extendió desde 1618 a 1648, fue un conflicto complejo que condensó varias confrontaciones en una continua conflagración.  Una de las principales contiendas era entre los católicos y los protestantes de Alemania.

El poder de los himnos

La guerra de treinta años que se extendió desde 1618 a 1648, fue un conflicto complejo que condensó varias confrontaciones en una continua conflagración.  Una de las principales contiendas era entre los católicos y los protestantes de Alemania.

Para 1630 los ejércitos imperiales católicos estaban teniendo gran éxito y la causa evangélica parecía imposible.  Todos los príncipes protestantes habían sido derrotados por las milicias de la iglesia de Roma, y los victoriosos se estaban preparando para extinguir el remanente del luteranismo en Alemania.

A este punto el rey Gustavo Adolfo de Suecia decidió tratar de salvar el protestantismo en Europa continental y desembarcó en Alemania con su pequeño pero bien entrenado ejército.  El marques de Brandenburg y el duque de Sajonia le habían provisto tropas adicionales.  En una sucesión de victorias rápidas, derrotó al ejército católico y avanzó victoriosamente a través de Alemania.

Finalmente el ejército imperial católico se preparó para enfrentarse a Gustavo en Lutzen al sur de Alemania.  Allí, en la mañana del 16 de noviembre de 1632, el monarca de Suecia le ordenó al capellán de su ejército que dirigiera a las tropas en adoración, mientras él mismo cantaba este himno:

No temas, fiel rebaño cristiano;

Dios es tu refugio y tu roca;

No temas por tu salvación,

Aunque sea fiero el enemigo y oscura la noche,

El Señor de los ejércitos será tu fuerza,

Cristo, tu iluminación.

¡Levántate, levántate, resiste al enemigo!

Clama al nombre del Dios Todopoderoso,

Que Él te dotará con fortaleza,

Y Cristo tu sacerdote eterno,

En todos tus conflictos te asistirá,

De fortaleza en fortaleza te renovará.

Gustavo entonces se arrodilló en una plegaria fervorosa, pero una densa niebla impidió que las fuerzas protestantes iniciaran el ataque.  Mientras esperaban, el rey le ordenó a los músicos que cantaran este gran himno de Martín Lutero:

Una poderosa fortaleza es nuestro Dios, un baluarte que nunca falla;

Nuestro ayudador, que prevalece en medio del diluvio de males mortales,

Mientras nuestro antiguo enemigo busca causarnos infortunios -

Su astucia y poder son grandes, y armado con odio crucial,

En la tierra no tiene otro igual.

Si confiamos en nuestra propia fuerza, nuestro esfuerzo se perderá,

Sin el Hombre correcto a nuestro lado, el Hombre elegido por Dios,

¿Te preguntas quién puede ser?  Jesucristo, es Él -

Jehová de los ejércitos es su nombre, de siglo en siglo es el mismo,

Y debe ganar la batalla.

Conforme la niebla comenzó a levantarse, el propio Gustavo oró: “Jesús, Jesús, ayúdame hoy para librar la batalla por tu santo nombre”. Entonces le gritó a sus tropas: “¡Ahora avancen al ataque en el nombre de nuestro Dios!”.  Las tropas respondieron: “¡El Señor está con nosotros!” y siguieron a su rey en la batalla.

El combate avanzaba y retrocedía.  A las once de la mañana, el monarca cayó de su caballo mortalmente herido.  De inmediato se escuchó el clamor: “¡El rey está herido! ¡El rey está herido!”, y ésto marcó el momento decisivo de la batalla.  En respuesta, el ejército sueco cargó fieramente contra las líneas enemigas.  A la conclusión del día habían obtenido la victoria, y los evangélicos alemanes fueron preservados.  Tal como habían cantado temprano esa mañana: “Aunque sea fiero el enemigo y oscura la noche, El Señor de los ejércitos será tu fuerza”.   Gustavo Adolfo fue victorioso, si bien estaba herido de muerte.

Reflexión

Cuando se cantan en la iglesia himnos o cánticos de adoración, ¿le presta atención a las palabras? ¿Permite que Dios le ministre por medio de ellas?  El rey Gustavo usó la letra de los himnos para inspirar y elevar la moral de sus tropas.  Permita que ellas hagan lo mismo para usted.

“No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Efesios 5:18-20).