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Las bendiciones de José

BendicionesPuede estar seguro de que Dios tiene un plan.  Un designio que trazó desde las eternidades ignotas, antes de la creación de Adán.  Existe una razón divina para que le permitiera a Satanás que continuara con su diabólico escenario, aunque en el fin restaurará la tranquilidad en su Reino.

Para hacerlo, el Creador trazó una estrategia que conllevará a una victoria completa y total.  Involucraba la creación de la raza humana, sabiendo de antemano que Adán sucumbiría a las mentiras del diablo.

El plan de Dios no fue formulado conforme se iban desarrollando los eventos en la historia.  Sino que cada detalle fue organizado cuidadosamente antes de la creación de Adán.  A fin de convencernos de que estaba en control completo, el Señor registró su plan antiguo en forma de semblanzas en las historias del Antiguo Testamento.  Asegurándonos además, que había sido ordenado desde la eternidad, dijo por medio del profeta: “Acordaos de las cosas pasadas desde los tiempos antiguos; porque yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí, que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho; que digo: Mi consejo permanecerá, y haré todo lo que quiero” (Is. 46:9, 10).

Por ejemplo, la historia de José es la alegoría más clara de Cristo que podamos encontrar en las páginas del Antiguo Testamento.  Son muchas las comparaciones que hay entre su vida y el Señor Jesucristo, su contraparte profética.  Su historia comienza en el capítulo 30 de Génesis, lo cual hace que nos preguntemos: ¿Será esto acaso una yuxtaposición enigmática de la Escritura, un recordatorio de que Cristo comenzó su ministerio a la edad de 30 años?  Como un tipo de Cristo, José también comenzó su ministerio como gobernador de Egipto a la edad de 30 años.

El hijo favorito de Jacob fue despreciado y rechazado por sus hermanos.  A pesar de todo, al final, fue exaltado como gobernador y se sentó a la mano derecha del Faraón, presidiendo en ese tiempo sobre un imperio mundial.  De la misma manera el Señor Jesucristo quien fue rechazado y despreciado por sus hermanos judíos a su primera venida, al final será exaltado.

En otros artículos de Profecías Bíblicas nos hemos referido al significado de cada letra en el alfabeto hebreo.  De cómo cada capítulo sucesivo en el libro de Génesis, corresponde con el significado adscrito a cada una de las 22 letras del alfabeto hebreo.  Por ejemplo, el capítulo 1 sigue el tema de la primera letra, el 2 de la segunda letra y así sucesivamente.  Cuando se llega al capítulo 23 el ciclo se inicia nuevamente, por consiguiente, el capítulo 23 corresponde con la letra hebrea aleph, la primera del alfabeto, y el 30 con la letra chet, cuyo significado es «nuevo principio» y «trascendencia».

Vemos entonces que la narrativa bíblica sobre la vida de José comienza en el capítulo 30, un número que corresponde con la letra que indica un «nuevo principio».  Esto, a mi parecer, es un recordatorio increíble de un cuadro mucho más grandioso, el primer advenimiento de Cristo.  Nuestro Salvador introdujo un NUEVO PRINCIPIO para todos los que creen en Él.  Su muerte y resurrección ofrecen para nosotros una TRASCENDENCIA, ya que pasamos “de muerte a vida”. Tal como dijo el mismo Señor: “De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Jn. 5:24).

Los capítulos 30 al 50 de Génesis presentan una vista profética anticipada de Cristo y su ministerio, por eso surge nuevamente la pregunta: ¿Serán acaso estos 20 capítulos otra yuxtaposición Divina de la Escritura, indicando 20 siglos?  Se ha necesitado ese tiempo para contar la historia de Cristo.  Ya han transcurrido más de 2.000 años desde la primera venida del Señor con la promesa de establecer su Reino.  No sabemos si esos años tienen una conexión profética con la historia de José, pero sí nos damos cuenta que se aproximan lo suficiente para merecer al menos una comparación.

Para el nacimiento de José, tuvo que ocurrir un milagro.  Este no fue un nacimiento ordinario.  Raquel era estéril, Dios tuvo que obrar un milagro en su vientre para que pudiera concebir y dar a luz.  Cuando ella finalmente tuvo a José, dijo: “Dios ha quitado mi afrenta”. En forma similar, Cristo no fue engendrado por un padre terrenal, nació de una virgen.  ¡Su Padre fue el propio Dios!  El Creador llevó a cabo un milagro en el vientre de María a fin de que pudiera concebir al “Hijo unigénito de Dios”.

Desde el principio de la historia de José, somos introducidos en su naturaleza alegórica.  El registro bíblico narra su nacimiento milagroso.  De lo que nadie tenía idea es que crecería para convertirse en salvador de su familia.  De la misma manera, al primer advenimiento de Cristo, Israel tampoco reconoció que quitaría el pecado de ellos y que sería su Salvador.  Como en la historia de José, eso llegará a estar claro en su segundo advenimiento.

José era hijo de Raquel, la esposa favorita de Jacob.  De la misma manera, Cristo fue producto de Israel, la esposa favorita de Dios.  El propio nombre de la esposa de Dios fue tomado de Jacob, cuyo nombre fue cambiado a Israel.

El nombre «José» significa «Dios añade o aumenta».  Esto también es representativo del ministerio de Cristo.  De su muerte y resurrección se han originado millones y millones de creyentes que han EXPERIMENTADO EL NUEVO NACIMIENTO.  Cristo fue las “primicias” de esos que creen: “Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho” (1 Co. 15:20).

El nombre «José» le fue dado por sus padres terrenales, asimismo Jesús recibió el suyo de María.  Bajo estos nombres ambos fueron rechazados por su propia gente.  José fue finalmente exaltado a la mano derecha del Faraón y recibió un nuevo nombre, uno de exaltación: “Y llamó Faraón el nombre de José, Zafnat-panea; y le dio por mujer a Asenat, hija de Potifera sacerdote de On.  Y salió José por toda la tierra de Egipto” (Gn. 41:45).

José tenía dos nombres.  «José» que significa «añadir o aumentar», señala al plan terrenal de Dios para aumentar el número de creyentes a todo lo ancho del mundo y «Zafnat-panea», que denota «el que revela secretos», señala directamente al libro de Apocalipsis.  Se nos dice que, “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman” (1 Co. 2:9).

Después que Cristo sufrió la muerte sobre la cruz, resucitó y ascendió al cielo, donde se sentó a la mano derecha del Padre.  Cuando el Señor vuelva nuevamente, nos enteraremos que Cristo tiene un nuevo nombre: “Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo” (Ap. 19:12).  ¡Cristo es el más grande revelador de secretos!

La vida de José

Niño aún, José se trasladó con sus padres y hermanos al territorio de los filisteos donde vivió hasta los 17 años de edad, dedicado a pastorear los rebaños de su padre, de quien era hijo predilecto.  Más tarde, debido a esta predilección y al hecho de que le contaba a su progenitor los malos caminos de sus hermanos mayores, estos le aborrecieron en tal forma que un día lo vendieron como esclavo a unos mercaderes madianitas por veinte piezas de plata, y le dijeron a su padre que algún animal le había dado muerte.  Los mercaderes lo llevaron a Egipto donde lo vendieron a Potifar, capitán de la guardia del Faraón.

En Egipto, gracias a su inteligencia y honestidad, José fue nombrado mayordomo en la casa de Potifar, su amo, pero debido a una calumnia de la esposa de éste, lo encarcelaron por largo tiempo.  Sin embargo, Dios lo bendijo dándole gracia a los ojos del jefe de la cárcel, el cual lo nombró guardián de todos los presos.

En la cárcel José tuvo la oportunidad de interpretar los sueños de dos oficiales también prisioneros, lo que después le proporcionó igual oportunidad de interpretar un sueño misterioso del Faraón.  Ante la asombrosa interpretación de José, Faraón le nombró gobernador del territorio de Egipto.  José estaba encargado de recolectar todo el trigo en preparación para el hambre venidero.  El hambre en Egipto proféticamente representa una carestía mundial, los siete años de la tribulación durante los cuales Cristo juzgará al mundo.

El propio Faraón seleccionó la esposa para José, su nombre era Asenat.  Como semblanza de Cristo, José tomó una esposa gentil, anticipando proféticamente el trabajo final del Señor durante la edad de la Iglesia.  La tradición histórica dice que ella se convirtió en seguidora del Dios de su esposo.  Su padre Potifera, era sacerdote en la ciudad sagrada de On, conocida en el lenguaje griego como Heliópolis, o «ciudad del sol».

El hermano no reconocido

Mientras tanto en Canaán, la familia de José agobiada por el hambre decidió ir a Egipto en busca de alimentos.  Los hermanos de José se vieron forzados a acudir a los gentiles por ayuda.  Cuando estuvieron delante del gobernador, ni remotamente se imaginaban que era el hermano que habían rechazado, no le reconocieron, pero José sí y por miedo que pudieran identificar su voz, habló con ellos por medio de un intérprete.

Aquí la historia realmente se torna interesante, porque antes de que José se identificara, ellos debían confesar su crimen: “Y José era el señor de la tierra, quien le vendía a todo el pueblo de la tierra; y llegaron los hermanos de José, y se inclinaron a él rostro a tierra.  Y José, cuando vio a sus hermanos, los conoció; mas hizo como que no los conocía, y les habló ásperamente, y les dijo: ¿De dónde habéis venido?  Ellos respondieron: De la tierra de Canaán, para comprar alimentos.  José, pues, conoció a sus hermanos; pero ellos no le conocieron.  Entonces se acordó José de los sueños que había tenido acerca de ellos, y les dijo: Espías sois; por ver lo descubierto del país habéis venido” (Gn. 42:6-9).

José los interrogó sobre su familia, incluyendo preguntas sobre su hermano menor, Benjamín.  Luego los puso presos por tres días.

Los tres días de encarcelamiento indican el cautiverio y dispersión de Israel durante los pasados tres milenios.  Moisés, quien registró la historia de José, también introdujo el concepto de que un día puede representar mil años: “Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer, que pasó, y como una de las vigilias de la noche” (Sal. 90:4).  Este concepto aparece en todos los escritos de Moisés.  Cuando en la Escritura se mencionan los días, estos parecen tener implicaciones proféticas con el milenio.  Y algo que ya sabemos: Israel ha sufrido durante los pasados 3.000 años.

El tercer día, José les reveló sus condiciones.  Ellos podían regresar a Canaán con el alimento para sus familias, pero tenían que volver una vez más a Egipto trayendo a su hermano menor, a Benjamín.  ¡Para asegurarse que regresarían el gobernador se quedaría con Simeón como rehén!  El nombre de Simeón significa «oyendo». Este escenario profético sugiere que el pueblo escogido de Dios retornaría a la tierra prometida con sordera espiritual.

Hay muchos pasajes de la Escritura que nos enseñan que Israel no entiende el grandioso plan de Dios.  Hasta este día los oídos del pueblo judío están sordos al mesianazgo de Jesús.  El encarcelamiento de Simeón establece el precedente profético para la falta de entendimiento de los judíos de los conceptos del Nuevo Testamento.  La sordera espiritual de Israel continúa hasta este día.  Durante el período de la tribulación ellos se verán confrontados cara a cara con su incredulidad y se darán cuenta de que Jesucristo era y es su Mesías.

Benjamín

Los hermanos fueron enviados de regreso a casa para buscar a Benjamín.  José estaba especialmente preocupado por él, porque era su único hermano de padre y madre, hijo de su madre Raquel.  Deseaba saber si sus hermanos lo habían tratado como habían hecho con él.  Benjamín también es un tipo profético de Cristo.  A su nacimiento, Raquel le llamó Benoni que significa «hijo de mi dolor». Más tarde Jacob le cambió el nombre a Benjamín, que quiere decir «hijo de la mano derecha».  Ambos nombres son indicativos de Cristo.  Él fue varón de dolores y conoció la aflicción.  Cuando regresó al cielo se sentó a la mano derecha del Padre en las alturas.

A su retorno a Egipto, José invitó a sus hermanos a comer en su casa, poniendo primero a Simeón en libertad.  En ese momento ellos ya estaban preparados para entender lo que estaba ocurriendo.  En su debido tiempo se enteraron.  José estaba ansioso por asegurarles su salvación.  Cada hermano estaba sentado en el orden de su nacimiento y los hombres se maravillaban uno con otro.  Se sirvió la comida, pero Benjamín recibió cinco veces más que los otros.

Al día siguiente los hermanos estaban preparados para regresar a su hogar.  No tenían ni idea de que José aún no había concluido con ellos.  Él hizo que su mayordomo escondiera su copa en el saco de Benjamín.  Cuando ya estaban a las afueras de Egipto, los soldados los detuvieron y buscando en los sacos encontraron la copa en el saco de Benjamín.  Esto ocasionó una profunda pena a sus hermanos.  Temían por sus vidas.

El incidente de la copa parece tener un significado profético.  En la noche antes de su crucifixión, Jesús tomó una copa de vino y pasándosela a sus discípulos los invitó a participar de ella.  Más tarde, en el huerto de Getsemaní oró para que si era posible pasara de Él esa copa: “Y tomando la copa, y habiendo dado gracias, les dio, diciendo: Bebed de ella todos; porque esto es mi sangre del nuevo pacto, que por muchos es derramada para remisión de los pecados... Entonces llegó Jesús con ellos a un lugar que se llama Getsemaní... Yendo un poco adelante, se postró sobre su rostro, orando y diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mt. 26:27, 28, 36, 39).

El Señor oró para que la copa pasara de Él.  La sangre del Salvador determinaba el destino, tal como la copa que estaba en el saco de Benjamín.  Fue la copa de José la que trajo a sus hermanos de regreso.  De la misma manera, es la copa de la sangre de Cristo la que llevará a Israel de regreso a su Mesías.

José presionó a sus hermanos para que confesaran su culpa respecto a él y expresaran su amor por su padre.  Judá fue el que confesó.  Era el líder de esos cuyo nombre llegó a ser indicativo de todas las tribus (judío).  Él habló por sus hermanos conforme imploraba gracia y misericordia.

José había logrado su propósito.  Al confesar sus hermanos su pecado, él entonces se reveló a ellos: “No podía ya José contenerse delante de todos los que estaban al lado suyo, y clamó: Haced salir de mi presencia a todos.  Y no quedó nadie con él, al darse a conocer José a sus hermanos.  Entonces se dio a llorar a gritos; y oyeron los egipcios, y oyó también la casa de Faraón.  Y dijo José a sus hermanos: Yo soy José; ¿vive aún mi padre?  Y sus hermanos no pudieron responderle, porque estaban turbados delante de él.   Entonces dijo José a sus hermanos: Acercaos ahora a mí.  Y ellos se acercaron.  Y él dijo: Yo soy José vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto.  Ahora, pues, no os entristezcáis, ni os pese de haberme vendido acá; porque para preservación de vida me envió Dios delante de vosotros.  Pues ya ha habido dos años de hambre en medio de la tierra, y aún quedan cinco años en los cuales ni habrá arada ni siega.  Y Dios me envió delante de vosotros, para preservaros posteridad sobre la tierra, y para daros vida por medio de gran liberación.  Así, pues, no me enviasteis acá vosotros, sino Dios, que me ha puesto por padre de Faraón y por señor de toda su casa, y por gobernador en toda la tierra de Egipto.  Daos prisa, id a mi padre y decidle: Así dice tu hijo José: Dios me ha puesto por señor de todo Egipto; ven a mí, no te detengas” (Gn. 45:1-9).

José los perdonó sin reservas.  De la misma manera, los despreciados hebreos serán favorecidos por encima de todos los pueblos al creer en Él, porque su Hermano mayor estará en el trono.  José y sus hermanos son una alegoría del gran programa de Dios para la nación de Israel.  Durante el período de la tribulación, Israel sufrirá terriblemente, habiendo sido desamparado por todas las naciones, los judíos enfrentarán el genocidio.  Durante la batalla del Armagedón, con nadie más a quien volverse, clamarán a Ése a quien sus antepasados rechazaron, a Jesús quien los ha esperado por mucho tiempo para escuchar sus oraciones.  Será entonces cuando el Señor retornará y salvará a su pueblo.

Por su parte, Jacob y su familia finalmente se trasladaron a Egipto, con toda su parentela, y recibieron la fértil delta del Nilo para apacentar sus ovejas y ganado.  A su llegada, José instruyó a sus hermanos para que dijeran al Faraón que eran pastores.  Esto también tiene visos proféticos.  Hay cinco pastores en la Biblia que son tipos de Cristo:

1. Abel, el pastor sacrificado que dio su vida y cuya sangre fue derramada por las manos de su propio hermano.

2. Jacob, el pastor tramposo que abandonó la casa de su padre para morar en un país lejano, huyendo de la ira de su hermano.

3. José, el pastor exaltado que rechazado por sus hermanos, se convirtió en salvador de los hombres durante la hambruna.

4. Moisés el pastor libertador, y

5. David, el pastor rey.

José en el Nuevo Testamento

La historia de José se encuentra registrada en Hechos 7:9-14.  Por favor, note lo que Esteban dijo acerca de él cuando se reveló por “segunda vez”: “Los patriarcas, movidos por envidia, vendieron a José para Egipto; pero Dios estaba con él, y le libró de todas sus tribulaciones, y le dio gracia y sabiduría delante de Faraón rey de Egipto, el cual lo puso por gobernador sobre Egipto y sobre toda su casa.  Vino entonces hambre en toda la tierra de Egipto y de Canaán, y grande tribulación; y nuestros padres no hallaban alimentos.  Cuando oyó Jacob que había trigo en Egipto, envió a nuestros padres la primera vez.  Y en la segunda, José se dio a conocer a sus hermanos, y fue manifestado a Faraón el linaje de José.  Y enviando José, hizo venir a su padre Jacob, y a toda su parentela, en número de setenta y cinco personas”.

El Nuevo Testamento no nos dice que José era una alegoría de Cristo, pero las indicaciones no pueden ser más claras.  Así como José se reveló a sus hermanos “en la segunda” ocasión, Cristo se revelará a sus hermanos en su segunda venida.  La historia de José no sólo revela la primera venida de Cristo, sino su retorno para establecer el tan anhelado Reino.

Dios perdonó a los hermanos de José, pero su plan no excusa la iniquidad de ellos.  Sufrieron, pero al final recibieron el fértil territorio de Gosén.  El perdón de Dios es una dura verdad para aceptar, y también fue difícil para los hermanos de José.  Después de la muerte de Jacob ellos tenían miedo de que José tratara de vengarse, sin embargo sus temores eran en vano: “Viendo los hermanos de José que su padre era muerto, dijeron: Quizá nos aborrecerá José, y nos dará el pago de todo el mal que le hicimos.  Y enviaron a decir a José: Tu padre mandó antes de su muerte, diciendo: Así diréis a José: Te ruego que perdones ahora la maldad de tus hermanos y su pecado, porque mal te trataron; por tanto, ahora te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Dios de tu padre.  Y José lloró mientras hablaban.  Vinieron también sus hermanos y se postraron delante de él, y dijeron: Henos aquí por siervos tuyos.  Y les respondió José: No temáis; ¿acaso estoy yo en lugar de Dios?  Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien, para hacer lo que vemos hoy, para mantener en vida a mucho pueblo” (Gn. 50:15-20).

Es difícil para algunas personas aceptar el hecho que Dios perdona gratuitamente, pero así es.  La salvación no viene sujeta con cuerdas.  Somos perdonados por la sangre de Cristo, quien murió una vez y para siempre.  Si verdaderamente somos salvos no debemos tener miedo de perder la salvación.  El perdón de José hacia sus hermanos es una clara semblanza profética para nosotros del amor de Cristo.  ¡No hay otro tipo profético más grande de Cristo que podamos encontrar en el Antiguo Testamento!

Es obvio suponer que durante los diecisiete años que Jacob estuvo en Egipto debe haber observado a José trabajando y tuvo que haber reconocido que su hijo era un príncipe responsable, amoroso y justo.  También debió observar y entender cómo Dios lo había usado para preservar a los egipcios al igual que a toda su familia.  Así que debió convencerse que ningún otro como él estaba más capacitado para cuidar de toda su parentela.

Fue así como Jacob se dispuso a comisionar a su hijo.  Primero envió por él, segundo le preguntó si había hallado gracia ante sus ojos.  José respondió con silencio, lo cual debió darle la paz necesaria para proceder.  Es como si Jacob deseara continuar, sólo si José lo consideraba digno de tal acción.  El viejo guerrero de Dios, ciertamente estaba probando a su hijo.  También podemos suponer sin temor a equivocarnos, que José entendió muy bien que su padre iba a hablar de algo muy serio.

Jacob procedió con sus intenciones y dirigió a José para que jurara: “Y llegaron los días de Israel para morir, y llamó a José su hijo, y le dijo: Si he hallado ahora gracia en tus ojos, te ruego que pongas tu mano debajo de mi muslo, y harás conmigo misericordia y verdad. Te ruego que no me entierres en Egipto.  Mas cuando duerma con mis padres, me llevarás de Egipto y me sepultarás en el sepulcro de ellos.  Y José respondió: Haré como tú dices.  E Israel dijo: Júramelo.  Y José le juró.  Entonces Israel se inclinó sobre la cabecera de la cama” (Gn. 47:29-31).

Para José, ésta era la forma más solemne de juramento.  La palabra en hebreo para jurar es shaw-bah, y porta el significado de hacer algo siete veces.  Es decir, que Jacob le pidió a José que le asegurara siete veces que cuando llegara el momento apropiado, su compromiso sería en la tierra prometida por Dios.  Por consiguiente, cuando tomó este tipo de juramento, no sólo estaba reflejando su sinceridad, compromiso y carácter, sino que también estaba jurando sobre el entero linaje en el que estaban contenidas las promesas de Dios, las cuales cumplió voluntariamente.

Jacob finalmente había resuelto dos asuntos muy importantes en su vida.  Primero, ahora podía morir en paz con la seguridad de que un día sus restos serían llevados a la tierra prometida.  Segundo, José había demostrado que era suficientemente digno de confianza para asumir la responsabilidad y aceptar la bendición familiar.  Es muy probable que José esperara algún tipo de bendición, pero nada comparado con lo que iba a descubrir.

Aunque estaban muy distantes de Canaán, el anciano patriarca sabía que un día su entera familia estaría en el territorio que Dios le había prometido a su abuelo Abraham.  José previamente le juró a su padre que lo sepultaría en Canaán, pero Jacob reconoció que su hijo necesitaba entender que Dios tenía planes muy especiales para él y su familia en Canaán.

El registro bíblico parece implicar que luego de que José juró se enteró de la enfermedad de su padre y regresó rápidamente, sólo que en esta ocasión estaba acompañado por sus dos hijos Efraín, cuyo nombre significa «doblemente fructífero» y Manasés «que hace olvidar».  Cuando José llegó, Jacob de inmediato se sintió fortalecido y se sentó en la cama para darle la bienvenida y luego procedió a informarle del pacto especial que Dios había iniciado con él en Belén, hacía ya mucho tiempo.

Jacob continuó su conversación con José informándole que estaba dispuesto a bendecirlo, adoptando a sus dos hijos nacidos en Egipto como propios, y otorgándole a ellos una herencia individual.  Luego le habló de la muerte de Raquel su madre, porque dice la Biblia que hizo un recuento de su muerte.  Aunque los años habían pasado, nada, excepto la providencia de Dios con José había llenado este vacío tremendo en el corazón de Jacob.

Jacob detectó la presencia de dos figuras con José.  Él a no dudar había visto a Efraín y Manasés anteriormente, pero ahora su visión evidentemente se había deteriorado hasta el punto que ya no podía identificar a los jóvenes.  José advirtiendo que su padre estaba próximo a pronunciar una bendición, intentó ayudarle colocando cuidadosamente a sus hijos enfrente de él, para que así no cometiera errores: “Y los tomó José a ambos, Efraín a su derecha, a la izquierda de Israel, y Manasés a su izquierda, a la derecha de Israel; y los acercó a él.  Entonces Israel extendió su mano derecha, y la puso sobre la cabeza de Efraín, que era el menor, y su mano izquierda sobre la cabeza de Manasés, colocando así sus manos adrede, aunque Manasés era el primogénito.  Y bendijo a José, diciendo: El Dios en cuya presencia anduvieron mis padres Abraham e Isaac, el Dios que me mantiene desde que yo soy hasta este día, el Ángel que me liberta de todo mal, bendiga a estos jóvenes; y sea perpetuado en ellos mi nombre, y el nombre de mis padres Abraham e Isaac, y multiplíquense en gran manera en medio de la tierra.  Pero viendo José que su padre ponía la mano derecha sobre la cabeza de Efraín, le causó esto disgusto; y asió la mano de su padre, para cambiarla de la cabeza de Efraín a la cabeza de Manasés.  Y dijo José a su padre: No así, padre mío, porque éste es el primogénito; pon tu mano derecha sobre su cabeza.  Mas su padre no quiso, y dijo: Lo sé, hijo mío, lo sé; también él vendrá a ser un pueblo, y será también engrandecido; pero su hermano menor será más grande que él, y su descendencia formará multitud de naciones.  Y los bendijo aquel día, diciendo: En ti bendecirá Israel, diciendo: Hágate Dios como a Efraín y como a Manasés.  Y puso a Efraín antes de Manasés.  Y dijo Israel a José: He aquí yo muero; pero Dios estará con vosotros, y os hará volver a la tierra de vuestros padres.  Y yo te he dado a ti una parte más que a tus hermanos, la cual tomé yo de mano del amorreo con mi espada y con mi arco” (Gn. 48:13-22).

Para no cometer errores, José colocó a Efraín cerca de la mano izquierda de su padre y a Manasés cerca de la derecha.  Creía que con esta acción aseguraría la bendición apropiada para cada hijo.  Sin embargo, vemos claramente la obra providencial de Dios.  Primero, Jacob bendijo a José y a sus hijos en forma general, pero su segunda acción dejó perplejo a su hijo, ya que colocó su manó derecha sobre Efraín y la izquierda sobre Manasés, lo cual era exactamente lo opuesto que hiciera José previamente, porque su padre cruzó sus brazos y colocó las manos en dirección opuesta.  José trató de corregirlo, pero Jacob, amorosamente lo amonestó.  Sin duda, Dios había dirigido la maniobra de Jacob, porque vemos que lo hizo a propósito.

Pronto descubrieron los tres, que aunque el mayor recibiría una bendición, el joven recibiría la herencia y la bendición doble, otorgada usualmente al primogénito.  A pesar que en realidad Rubén era el primer hijo, a quien le correspondía la herencia y la bendición, Jacob no había olvidado esa ocasión en que Rubén trajo gran vergüenza sobre su familia, como leemos en Génesis 35:22a: “Aconteció que cuando moraba Israel en aquella tierra, fue Rubén y durmió con Bilha la concubina de su padre; lo cual llegó a saber Israel...”

Luego leemos que cuando Jacob bendijo a su hijo, le dijo: “Rubén, tú eres mi primogénito, mi fortaleza, y el principio de mi vigor; principal en dignidad, principal en poder.  Impetuoso como las aguas, no serás el principal, por cuanto subiste al lecho de tu padre; entonces te envileciste, subiendo a mi estrado” (Gn. 49:3, 4).

En el libro 1 Crónicas 5:1, 2, encontramos otra referencia a este hecho vergonzoso y sus repercusiones: “Los hijos de Rubén primogénito de Israel (porque él era el primogénito, mas como violó el lecho de su padre, sus derechos de primogenitura fueron dados a los hijos de José, hijo de Israel, y no fue contado por primogénito; bien que Judá llegó a ser el mayor sobre sus hermanos, y el príncipe de ellos; mas el derecho de primogenitura fue de José)”.

Jacob le dijo a José: “Y yo te he dado a ti una parte más que a tus hermanos, la cual tomé yo de mano del amorreo con mi espada y con mi arco”.  Pero... ¿Qué poseían los amorreos, tal vez sin saberlo ellos mismos, que era lo suficientemente valioso, para que Jacob se lo otorgara como herencia a Efraín por medio de José?  ¿Sería algo que estaba en los alrededores, o tal vez en las montañas?  Por 1 Crónicas 5:2 descubrimos dos cosas notables:

1. Desde el punto de vista de Dios la genealogía de Judá, que finalmente conllevaría a nuestro Salvador, merece mucha más atención que la genealogía de José, razón por la cual es más enfatizada a través de toda la Biblia.

2. Segundo, Dios eventualmente utilizará la bendición del primogénito pasada desde Abraham a Isaac, Jacob y finalmente a José, en alguna forma, ¡para bendecir, proteger y sustentar a Israel dentro de su territorio ancestral!  Aunque la tribu de José era extremadamente numerosa y muy poderosa, por razones obvias redentoras, el énfasis en la Escritura está más centrado en la tribu de Judá.

Notamos en el versículo 19, que “Mas su padre no quiso, y dijo: Lo sé, hijo mío, lo sé; también él vendrá a ser un pueblo, y será también engrandecido; pero su hermano menor será más grande que él, y su descendencia formará multitud de naciones” (Gn. 48:19).  Esta bendición no era simplemente un buen deseo, sino que tenía un significado profético y garantizaba el cumplimiento del tiempo señalado por Dios, aunque primero tendría que transcurrir un vasto período.  La profecía de Dios a Abraham ciertamente se cumpliría al pie de la letra, cuando Dios le dijo: “Ten por cierto que tu descendencia morará en tierra ajena, y será esclava allí, y será oprimida cuatrocientos años.  Mas también a la nación a la cual servirán, juzgaré yo; y después de esto saldrán con gran riqueza” (Gn. 15:13, 14).  Notamos que bajo el liderazgo de Moisés, la tribu de Manasés era mucho más numerosa que la de Efraín, así lo comprueban estos pasajes de la Escritura:

•   “Estas son las familias de Manasés; y fueron contados de ellas cincuenta y dos mil setecientos” (Nm. 26:34).

•   “Estas son las familias de los hijos de Efraín; y fueron contados de ellas treinta y dos mil quinientos.  Estos son los hijos de José por sus familias” (Nm. 26:37).

Conforme progresaba la historia del pueblo judío, especialmente durante el período histórico de los Jueces, la tribu de Efraín aumentaba grandemente en poder y número.  Por un período, especialmente durante la era del reino dividido, la tribu de Efraín prácticamente se fue convirtiendo en sinónimo con el nombre de Israel.  Su poder y recursos la conllevaron a asumir el liderazgo de las tribus del norte.  Personalmente, José nunca vivió en la tierra prometida.  La historia registrada de Dios testifica que no sólo su descendencia recibiría un pedazo de territorio, sino que también sería una parte instrumental en su conquista.

Antes de avanzar, es importante recordar que la tierra prometida sería “por heredad perpetua”. Ciertamente Jacob y su familia no fueron habitantes del territorio, cuando él pronunció esta bendición, pero algunas cosas serían diferentes.  De forma frecuente la historia ha demostrado que esto se ha cumplido parcialmente por cortos períodos, pero todo indica que en el futuro se cumplirá enteramente.  Independientemente de las creencias y las acciones de los críticos, los liberales, políticos, filósofos seculares, y poderío militar, ¡Dios pronto le dará todo el territorio a los descendientes de Jacob!

Como ya hiciera notar anteriormente, José no recibiría territorio en su nombre.  En lugar de eso su herencia sería una doble porción dividida entre sus dos hijos.  Por extraño que parezca, en el capítulo 7 del libro de Apocalipsis, cuando leemos del plan de Dios para sellar los 144.000 testigos judíos, se omiten las tribus de Efraín y de Dan.  En la lista, Dios reemplazó a Efraín y Dan con Leví y José y retuvo el nombre de la tribu de Manasés.  De tal manera, que todo parece indicar que Dios tiene planes para Manasés en la tierra prometida.  ¿Será acaso que el Señor usará las bendiciones que le otorgara a uno de los hijos de José, para ayudar a preservar a los judíos en la tierra prometida y luego sellarlos, junto con el resto del linaje, para propósitos posteriores de redención?  Algunos estudiosos creen que será así.

Cuando ya Jacob estaba próximo a morir, reunió a todos sus hijos para expresarles sus últimos pensamientos, bendiciones y pronunciamientos proféticos.  A fin de mantener nuestro objetivo, necesitamos examinar el versículo 20 del capítulo 49 de Génesis, que dice: “El pan de Aser será substancioso, y él dará deleites al rey”.

Aser, nombre que significa «feliz», fue el octavo de los hijos de Jacob.  Su descendencia finalmente experimentaría la realidad de esta profecía al recibir una de las porciones más fértiles de todo el territorio de Canaán.  Esta parcela yacería a lo largo de la costa del Mediterráneo justo al norte de la tierra de Manasés.  En este territorio adjudicado, abundaría el trigo y los árboles de olivo.  Un poco después, en la historia, el rey Salomón supliría con productos de esta tierra al rey Hiram, tal como dice 1 Reyes 5:11a: Y Salomón daba a Hiram veinte mil coros de trigo para el sustento de su familia, y veinte coros de aceite puro...” Sin lugar a dudas, la voluntad profética de Dios expresada por medio de Jacob fue una realidad absoluta, ya que realmente “Aser le dio ‘deleites al rey”. Pero esta profecía, ¿tuvo sólo un cumplimiento?  No lo sabemos, sólo el futuro inmediato nos dará la respuesta.

Cuando avanzamos al versículo 22, llegamos a las bendiciones para la entera tribu de José.  Bajo la dirección de Dios, Jacob de manera audaz usa palabras figuradas, significativas y proféticas para resumir las convicciones que le diera Dios de lo que ahora ve en José y lo que ve en el futuro para su descendencia: “Rama fructífera es José, rama fructífera junto a una fuente, cuyos vástagos se extienden sobre el muro” (Gn. 49:22).

Jacob vio a José como ningún mortal podía verlo.  Lo comparó con un árbol joven plantado cerca de un pozo.  Su pueblo sería prolífico y cuando recibieran la porción de territorio, algo muy significativo acerca de ellos y su herencia, los capacitaría para destacarse entre otros.  José también se enteró de que sus descendientes nunca tendrían necesidades, y que en una forma desconocida estarían equipados para suplir y proveer para las necesidades de todos.  “Le causaron amargura, le asaetearon, y le aborrecieron los arqueros; mas su arco se mantuvo poderoso, y los brazos de sus manos se fortalecieron por las manos del Fuerte de Jacob (por el nombre del Pastor, la Roca de Israel), por el Dios de tu padre, el cual te ayudará, por el Dios Omnipotente, el cual te bendecirá con bendiciones de los cielos de arriba, con bendiciones del abismo que está abajo, con bendiciones de los pechos y del vientre” (Gn. 49:23-25).

Jacob no hizo estos pronunciamientos para jactarse de los logros de José o de su carácter moral.  En lugar de eso, eran profecías de lo que le esperaba a su pueblo en el territorio.  El Dios, majestuoso, soberano y pastor de su padre sería su fortaleza cuando lo necesitara.

El Señor primero estaría enviando prosperidad desde el cielo.  Esta profecía podía ser desde buen clima, hasta respuesta a las oraciones.  Dios usaría el tiempo para enseñarle a todos, que sólo Él podía satisfacer las necesidades desesperadas, utilizando recursos celestiales.  Incluso hasta los familiares y amigos tendrían sus limitaciones.

Segundo, Jacob le dijo a José de otra bendición única que le esperaba a su pueblo.  Esta bendición sería líquida y estaría en la profundidad del suelo.  Algunos comentaristas han dicho que se trata de un manantial o un lago subterráneo.  Pero otros difieren y dicen que el texto tiene un significado mucho más profundo y es muy posible que sea así.  Las palabras hacen alusión a algo líquido, pero no necesariamente agua.  Además de todo esto, Dios de alguna manera algún día utilizará este recurso enterrado para unificar a su pueblo, a través de los descendientes de José, en la tierra prometida.

Las “bendiciones de los pechos y del vientre” implican, que no sólo la descendencia de José estaría bien en la tierra prometida, sino que el bienestar de ellos también se extendería a todos sus hermanos manteniéndolos en buena salud.

Y siguió diciendo Jacob: “Las bendiciones de tu padre fueron mayores que las bendiciones de mis progenitores; hasta el término de los collados eternos serán sobre la cabeza de José, y sobre la frente del que fue apartado de entre sus hermanos” (Gn. 49:26).  ¡José debió haberse quedado mudo de temor reverente cuando escuchó que la magnitud de sus bendiciones serían muy superiores a esas que le fueran otorgadas a su propio padre!  Así como las montañas están por encima de las planicies, también por analogía implican un sentido de longevidad.  Además cualitativamente sus bendiciones serían más ricas que los tesoros de las montañas más antiguas.

Luego Moisés, cuando bendijo a las doce tribus, dijo: “A José dijo: Bendita de Jehová sea tu tierra, con lo mejor de los cielos, con el rocío, y con el abismo que está abajo.  Con los más escogidos frutos del sol, con el rico producto de la luna, con el fruto más fino de los montes antiguos, con la abundancia de los collados eternos, y con las mejores dádivas de la tierra y su plenitud; y la gracia del que habitó en la zarza venga sobre la cabeza de José, y sobre la frente de aquel que es príncipe entre sus hermanos” (Dt. 33:13-16).  Hay dos cosas que podemos notar rápidamente:

1. El territorio que le fuera otorgado a José en la bendición estaría cerca del tope geográfico de un paraje, y más específicamente en la parte que se asemeja al lugar de la cabeza donde descansa una corona, directamente en la parte superior.  Si tomamos esto en consideración nos ayudará a discernir los límites individuales de las tierras de las doce tribus.  Si miramos un mapa antiguo, también observaremos que el lugar combinado de las tribus de Efraín y Manasés, extrañamente se asemejan al perfil de la cabeza de un hombre que tiene en su cabeza una corona.

2. Dios separó las bendiciones de José para una tribu específica y área geográfica destinada para un propósito divino específico.

Y siguió diciendo Moisés respecto a José: “Como el primogénito de su toro es su gloria, y sus astas como astas de búfalo; con ellas acorneará a los pueblos juntos hasta los fines de la tierra; ellos son los diez millares de Efraín, y ellos son los millares de Manasés” (Dt. 33:17).  Los miembros de la familia de José semejarían las astas poderosas de un búfalo, uno sería Efraín y el otro Manasés.  Cientos de años después, cuando las tribus finalmente salieron de Egipto y emigraron a Canaán, adoptaron sus estandartes individuales para identificar a cada tribu.

En los versículos 1 al 12 del capítulo 2 de Números se detalla el orden y la forma cómo debían congregarse las doce tribus bajo sus banderas alrededor del tabernáculo.  La tradición rabínica dice que el estandarte de Manasés exhibía un búfalo, y el de Efraín era una bandera dorada con la cabeza de un carnero.

De hecho, la tribu de Manasés consistía de dos partes.  La sección más numerosa se estableció en el lado oriental del río Jordán y tenía tendencias guerreras.  La más pequeña, que se ubicó en las fértiles planicies al lado norte de Efraín, estaba dedicada a la labranza.  Aunque los descendientes de Efraín participaban más de los asuntos públicos, la tribu de Manasés supliría cuatro jueces para Israel: Gedeón, Abimalec, Jair y Jefté.

Cuando Moisés comisionó a los espías para que inspeccionaran la tierra prometida, sólo dos, de los doce: Josué y Caleb, regresaron con buenas noticias, porque los otros tuvieron miedo.  Josué era de la tribu de Efraín y Caleb de Judá.  Dios una vez más usó a representantes de la tribu de José y Judá para reclamar el territorio, convirtiéndose finalmente en líderes en su conquista.

Es altamente posible y muy probable, que Dios tenga planes adicionales en el futuro que incluyan los productos y los habitantes del territorio que un día le prometiera a los descendientes de José.   Si Dios usó a los hijos de José en un tiempo para conquistar y expulsar a los intrusos, ¡puede hacerlo una vez más!

Es fácil ver, que Jacob no tuvo problema en ver a Dios obrando por medio de su hijo favorito José, a quien preservó y utilizó en una forma maravillosa.  Por lo tanto la bendición que le otorgara Jacob a José armoniza con la voluntad de Dios.  Al mismo tiempo, debemos recordar que el Creador siempre está detrás del escenario para hacer que tenga cumplimiento su voluntad perfecta.

Efraín y Manasés, los dos hijos de José, fueron obviamente quienes recibieron esta doble porción que le correspondía al primogénito.  Una vez más en el territorio, las vidas de sus descendientes, serán proféticamente enriquecidas con abundancia, productividad, salud, fortaleza física y alabanza.  El objetivo de Dios para su pueblo en la tierra prometida, era que le adoraran y fuesen sus testigos.

Todo eso conlleva a concluir que la riqueza primaria del territorio de José que heredaran sus hijos, se encuentra localizada cerca de la frontera de su tope geográfico, en donde el territorio de Aser toca con el de Manasés.

Desde que Jerusalén fuera destruida por Tito en el año 70 de nuestra era, ningún judío vivo, excepto los de la tribu de Leví saben con certeza a que tribu pertenecen.  Hoy, gracias a las investigaciones genéticas esto es mucho más exacto.

Nuevas investigaciones genéticas han demostrado que la gran mayoría de los Kohanim, la clase sacerdotal judía, descendió de un solo antepasado, lo cual confirma científicamente la tradición oral pasada a través de tres mil años.  Todos los hombres que se están preparando en la actualidad en Israel, para ser consagrados como sacerdotes, son descendientes directos de Aarón, quien fuera nombrado primer sacerdote por su hermano Moisés.  Esta herencia sacerdotal es pasada de padre a hijo por medio del ADN.  Los Kohanim por lo general tienen apellidos que los distinguen, tal como Cohen, Kaplán, Rapaport y Katz.

Gracias a los cromosomas «Y» en el ADN, es posible determinar la descendencia, porque en esencia son trasmitidos sin cambiar, de padre a hijo.  Un haplotipo es una combinación específica de alleles, de variaciones genéticas que se encuentran en un solo cromosoma, y que son como una especie de firma genética.  Los investigadores descubrieron que el haplotipo «Y», conocido como el «haplotipo modal Cohén» era común en los varones judíos que decían descender de la tribu de Leví, aunque también es compartido por la mayoría de Kohanim askenazíes y sefardíes.

Aunque muchos judíos han regresado a Israel, todavía hay una cifra incontable que se encuentran dispersos en el mundo, sufriendo algún tipo de persecución.  Sí mi estimado amigo, ¡el trabajo del Señor aún no ha concluido!

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